Unai Emery es de esos tipos que piensa que, en el fútbol, todo está en la cabeza. Que las piernas sirven, pero son un complemento del estado mental. Él mismo fue un futbolista mediocre, que se formó en la cantera de la Real Sociedad pero que tuvo que buscarse la vida en equipos de segunda o tercera fila, como el Toledo, el Racing de Ferrol, el Leganés o el Lorca, con buena técnica pero falto de chispa, con una cabeza que funcionaba más rápido que sus piernas. Como todos los que son jugadores de medio pelo, para quienes la jugada ideal nunca es la que sale en el terreno de juego. Por eso, con menos de 30 años ya había estudiado para ser entrenador, cuando militaba en las filas del Ferrol y veía que nunca se ganaría demasiado bien la vida dándole patadas al balón, sino pensando la manera en que otros pondrían en práctica sus ideas.
La oportunidad le llegó por azar, como todas las cosas en la vida. Hace cuatro años, Unai jugaba en el Lorca, un equipo que vagaba por la zona baja del grupo IV de segunda división B con la esperanza de salvar la categoría. Un frío día de noviembre, el Lorca perdió ante el Ceuta y decidió prescindir de su entrenador, Quique Yagüe, para ofrecerle el puesto a Emery, quien purgaba en el banquillo una vieja lesión en la rodilla. Unai aceptó el reto y llevó al Lorca a posiciones de jugar la liguilla de ascenso a segunda división. En una histórica prórroga en Irún, ante el Real Unión, el equipo que había mitificado a su propio abuelo en la década de los 30 como portero, Unai logró el ascenso para el club que había confiado más en su cabeza que en sus pies. Al año siguiente, un Lorca confeccionado con desechos de otros equipos y futbolistas guerreros estuvo muy cerca de alcanzar la elite, hasta la última jornada de liga tuvo opciones de subir a primera.
En 2006 fichó por el Almería, un equipo que pretendía dar el salto a primera después de que su presidente, Alfonso García, hubiera apostado por confeccionar una plantilla competitiva tras quedarse a un paso de su sueño de la mano de Paco Flores. Emery dio aire fresco al equipo andaluz, que acabó en segunda posición de la tabla y llevó al Almería, 25 años después, a jugar con los grandes del fútbol español. No lo hizo como comparsa: bajo la batuta del técnico vasco, el equipo almeriense acabó la liga en octava posición, la mejor clasificación de su historia y la segunda mejor campaña en primera de un equipo recién ascendido.
Así llegó al Valencia, un club inflamado por la mecha de su propietario, Juan Soler, que había acabado la liga anterior detrás del Almería en la tabla de primera. Ante esa perspectiva, Emery utilizó la fórmula que siempre le dio resultado desde que se encontró dirigiendo al Lorca: el sentido común. Levantó la moral de una plantilla en horas bajas, haciendo que sus jugadores se sintieran parte del proyecto, y devolvió al Valencia a los puestos de privilegio en la tabla. Emery asume la responsabilidad del juego de su equipo, sobre todo si no ha sido el más brillante, y habla de crecer, de mejorar, de ser cada día más fuertes para superar las adversidades.
Quizás el Valencia de Emery no sea, desde el punto de vista futbolístico, muy diferente al que entrenó durante algo más de dos temporadas Quique Sánchez Flores. Un equipo basado en la solidaridad y que busca explotar sus recursos al máximo. Pero su imagen es bien diferente. Con su aspecto de empleado de banca, capaz de convencerte de que el préstamo hipotecario que te está vendiendo es el mejor del mercado aunque sea evidente que es una estafa, Unai Emery está muy lejos de la pose pedante del antiguo lateral del Valencia, tan dispuesto en sus comparecencias de prensa a soltar la frase epatante.
Y esa imagen de persona decidida, que tiene claro hacia dónde va y qué es lo que quiere, ha logrado recuperar la sonrisa del seguidor valencianista. Sin alardes, consciente de que el Valencia ha de ser cabeza de ratón y no la cola de ese león que se reparten Madrid y Barcelona en el fútbol español. Sólo cabe esperar que, en la convulsa situación en la que vive permanentemente instalado el Valencia, Unai Emery no sea una víctima más de quienes piensan que la cabeza sólo está para rematar saques de esquina.
PACO GISBERT |