Hace unas semanas, «El Periódico de Catalunya» publicó una entrevista con Lluís Llach en la que el cantautor ampurdanés no hablaba de sus viajes a Itaca o las campanadas a muertos que oía en su juventud, sino de fútbol. En ella, el compositor de «L’estaca» revelaba detalles sobre cómo surgió su relación de amistad con Pep Guardiola. Un día, el entonces mediocentro del Barcelona y el músico coincidieron en un programa de televisión. Tras las oportunas presentaciones, Guardiola le pidió a Llach que le presentara al poeta Miquel Martí i Pol. Entonces surgió una amistad que las malas lenguas intentaron convertir en relación amorosa pero que desveló las insólitas inquietudes intelectuales de un futbolista simbólico.
Muchos años antes, en el verano de 1990, Luis Milla, que había sido el estandarte del Barcelona en los primeros tiempos de Johan Cruyff en el banquillo, amenazó con irse al Real Madrid si el club catalán no le mejoraba su contrato. Cruyff, que con el beneplácito de Núñez ejercía de mánager general del club azulgrana a la vez que de entrenador, sorprendió a todo el mundo mirando hacia otro lado e invitando a Milla a abandonar el Barcelona si no se sentía satisfecho. El año anterior había visto en el filial a un chico de 18 años que, en su opinión, era mejor que Milla en esa posición de «cuatro» que funcionaba como eje para canalizar su concepto del juego. Aquel chico se llamaba Pep Guardiola y había pasado toda su vida en La Massia, el vivero de la cantera barcelonista, como delataba una antigua fotografía en la que, en funciones de recogepelotas, se abrazaba a varios futbolistas de la plantilla el día que su equipo consiguió llegar a la final de la Copa de Europa de 1985. Con la salida de Milla, Guardiola tomó el relevo en el eje del centro del campo barcelonista.
Guardiola no era un portento físico, ni tenía demasiado gol en sus botas, ni el aspecto de ser un pulmón en el centro del campo. Pero poseía una clarividencia innata para leer el juego, una capacidad de descifrar las defensas contrarias que parecía copiada de esa figura que el fútbol americano denomina quarterback o «mariscal de campo», el jugador que piensa por los demás y nutre de buenos pases a sus delanteros. Con ese perfil, Guardiola se erigió en la figura más representativa del recordado Dream Team, un equipo cuya mítica ha superado a sus prestaciones sobre el terreno de juego, y cubrió la cuota de catalanidad que el socio del Barça exige a cualquier equipo triunfador que aspire a demostrar en el terreno de juego que el suyo es més que un club.
Siete años después de su salida del Barcelona, en una época convulsa en la que un futbolista de 30 años parecía no valer ya para comandar el centro del campo del equipo, Guardiola volvió para rescatar al club de toda su vida del abismo. La plantilla que, de la mano de Frank Rijkaard, había conquistado la segunda Copa de Europa para el Barcelona amenazaba con resquebrajar el futuro de la entidad a causa de los egos de la mayoría de sus componentes. Dos años regalando la liga al Madrid eran muchos para los azulgranas que, como hizo Cruyff 18 años atrás, miraron hacia abajo y vieron a Guardiola, entonces técnico del filial, como bálsamo para curar sus males.
Y Pep ha sido ese bálsamo. Cuando la liga se acerca a su ecuador, pocos dudan del nombre del campeón este año. No porque el Barcelona que entrena Guardiola haya adquirido una ventaja de diez puntos sobre sus más inmediatos perseguidores, ni porque sea el equipo más goleador y el menos goleado, sino porque el Barça de Pep ha mejorado su modelo, aquel glorioso equipo de Cruyff que ha trascendido la leyenda del barcelonismo, gracias a su intensidad defensiva, su capacidad para juntar las líneas y su filosofía de toque y desmarque.
Lo ha hecho en silencio, sin las estridencias que chirrían en otros técnicos, tan jóvenes como él, y con el convencimiento de que está en el lugar en el que siempre quiso estar. Como los versos de su admirado Martí i Pol: «En pur silenci / hem preservat uns àmbits. / Edifiquem-hi / tenaços, una pàtria, / l’àmbit de tots els àmbits».
PACO GISBERT |