Quien siga pensando que el fútbol es un juego, que quienes forman parte de su complejo entramado sirven a una causa romántica, acaban de dar con el directivo que los baje a la tierra. Se llama Jesús Serna y hace unos días, cuando se presentó como nuevo propietario del Levante UD, dejó claro, a través de un surrealista portavoz de nombre José Antonio López Lara, que había llegado al club granota «para ganar dinero». Ni Serna, ni López Lara sabrían explicar, más allá de los tópicos habituales, la historia de la entidad de la que ahora son dueños, pero sí que conocían perfectamente que estaba en negociaciones con el Ayuntamiento de València para la recalificación de los terrenos del Estadio Ciutat de València y de ello podían sacar tajada para su propio interés.
Quizás el único error de tan singular pareja haya sido ser lo suficientemente sincera como para decir lo que otros callan. Sin ir más lejos, Pedro Villarroel, ancestral propietario del mismo club, hizo y deshizo la plantilla para favorecer los intereses de su empresa, Cofiser, una compañía de compra y venta de futbolistas que nutría al Levante de aquellos que estaban en poder del dueño de la entidad y que provocaba que el equipo cambiara de caras por completo temporada tras temporada. Ya podía hacer una buena temporada el Levante que, al año siguiente, sufría una renovación de sus efectivos que le hacía empezar de cero.
No es el Levante el único ejemplo de club al que han llegado aprovechados que intentan beneficiarse del tirón que tiene el fútbol entre la población. Un negocio en el que se mezclan los sentimientos con las cuentas de resultados, la tradición heredada de padres a hijos con las frías cifras de los balances económicos. La vertiente más romántica, la que representan los aficionados, queda sepultada por la voracidad de quienes han encontrado en este espectáculo de masas un filón para enriquecerse y lograr notoriedad.
Siempre ha sido así. Durante los años en los que el fútbol se convirtió en el cloroformo del régimen para dormir las tensiones políticas y alejar a los aficionados de la cruda realidad de la dictadura, los presidentes de los clubes eran personajes elegidos directamente por su apego a la causa. Nombres como Vicente Calderón, Santiago Bernabeu o Luis Casanova gobernaron durante años a sus entidades porque eran instrumentos de la política para perpetuar el silencio. Con la llegada de la democracia, y tras los años de la Transición, en los que el fútbol dejó vía libre a las tensiones sociales, surgieron los empresarios con afán de notoriedad y lucro, los que vieron que el fútbol no sólo consiste en darle patadas a un balón para intentar introducirlo en la portería contraria.
El máximo representante de esa corriente fue Jesús Gil. A finales de los 80 alcanzó la presidencia del Atlético de Madrid con una estrategia que, más adelante, otros copiaron con un imaginario papel de calco: vender ilusión a los aficionados, a base de anunciar fichajes, para conseguir vía libre con la que hacer sus negocios. Una estrategia que entroncaba con las formas más rastreras del franquismo: mientras el aficionado estaba contento porque el balón entraba, no se preocuparía de lo que se esconde debajo de las alfombras del club. El problema es que a Gil no le salió bien su apuesta, como suele ocurrir con aquellos a los que se les ve el plumero a la legua, y al Atlético, durante su mandato, sólo ganó una liga, tuvo que conformarse con la consolación de tres títulos coperos y acabó con el equipo en segunda división, intervenido judicialmente y con su propietario en la cárcel. A su muerte, quienes habían criticado las formas fascistas de Gil se rindieron misteriosamente a sus logros, cuando su único mérito fue servir de ejemplo para algo que nunca debería repetirse en una entidad deportiva.
Gil fue el pionero de una cadena que llega a su máximo nivel de franqueza con los nuevos dueños del Levante. En esa cadena hay nombres suficientemente conocidos para todos: desde Paco Roig hasta Juan Soler, desde Ruiz de Lopera hasta Augusto César Lendoiro, o hasta Juan Villalonga, que desembarcó en el Valencia con un discurso en el que afirmaba que él había sido valencianista toda su vida por vínculos familiares y ahora aspira a presidir el Real Madrid por las mismas razones. Que no son otras que la pasta.
PACO GISBERT |