La dimisión de Ramón Calderón le ha transformado de héroe a villano (Foto: Turia).
HÉROES Y VILLANOS

El mundo del fútbol tiene cada vez más similitudes con la política. Los rectores de los clubes de elite se parapetan tras un entramado de jefes de prensa, gabinetes de comunicación y departamentos de relaciones públicas para salir incólumes de cualquier contratiempo. Así controlan, de una manera exhaustiva, todo lo que se dice sobre ellos y su gestión, conceden favores a aquellos que miman a su club y vetan de forma sibilina a los que se muestran críticos con su manera de actuar.
La semana pasada, el fútbol español vivió su particular Watergate. Sucedió en el club que acapara las portadas de todos los medios de comunicación escrita, las primeras noticias de los telediarios nacionales y los sumarios de los aburridos programas de radio sobre información deportiva. El Real Madrid, por supuesto. Su presidente, Ramón Calderón, se vio obligado a dimitir después que el diario «Marca» desvelara que había manipulado la asamblea del club para lograr sacar adelante sus propuestas, gracias a la intervención de personajes afines al propio Calderón que, según las pesquisas del periódico madrileño, ni siquiera eran socios del club blanco. Ante tal evidencia, Calderón apareció ante los medios de comunicación como víctima, un damnificado más en una campaña de desprestigio de la entidad que presidía, como representante de esa curiosa costumbre que tiende a identificar a la persona con el cargo que ostenta. Una estrategia que empleó con constancia José Luis Núñez en sus 22 años al frente del Barcelona. Un par de días después, presionado por la junta directiva que él mismo había creado, Calderón se vio obligado a dimitir, aunque, eso sí, proclamando su inocencia y manifestando que quedaba exonerado de cualquier maniobra ilegal en su gestión al frente del Real Madrid.
La dimisión de Calderón transformó al dirigente blanco de héroe a villano. Los mismos medios que durante los casi tres años en los que comandó la nave madridista le perdonaron que no cumpliera las promesas de fichar a Kaká, Cristiano Ronaldo o Cesc Fábregas, que aplaudieron sus gestos de chulería cuando se quedaba en el palco del Camp Nou o el Vicente Calderón después de un triunfo de su equipo para aplaudir a los suyos, que derivaron la responsabilidad de haber fichado este invierno a dos futbolistas que no podían jugar la Liga de Campeones hacia su director deportivo, que diseñara un equipo descompensado con la anuencia de Mijatovic o que devorara entrenadores que le dieron títulos, han arremetido contra su trabajo bajo las acusaciones de corrupto y mentiroso. Liberada de la presión que ejercía Calderón desde la presidencia, la prensa ha crucificado a un dirigente que, visto lo visto, no difiere mucho de la mayoría de los que pululan por el balompié nacional.
El sorprendente giro en la imagen que de Calderón han dado los medios de comunicación ha de ser un aviso para navegantes. Hace unos días, un amigo me contaba el extraordinario control que, sobre la prensa de Castellón, ejerce el Villarreal y, en particular, su presidente Fernando Roig. Al crear un club de elite en una provincia donde la tradición y las pasiones han estado monopolizadas por el CD Castellón, Roig hubo de trazar un meticuloso plan para que el Villarreal tuviera presencia en los medios locales, más allá de sus innegables méritos deportivos. Y eso incluyó viajes pagados para que los periodistas siguieran al equipo, un control férreo sobre lo publicado y filtraciones de noticias para aquellos medios que estaban por la causa. Pero esa situación, ahora plácida para el club de la Plana, puede volverse en su contra el día en que el Villarreal abandone su posición de privilegio en la liga española o si el Castellón vuelve a primera división, el lugar que, por historia y méritos, le corresponde.
No es el único ejemplo de intromisión de un club en la presunta independencia que enarbolan los medios respecto a los equipos de fútbol. La lista es muy extensa y, sin salir de casa, nos recuerda que el Valencia tuvo durante años periodistas a sueldo, que alababan los logros de su presidente y arremetían contra aquellos que osaban criticar a los estamentos de la entidad. Periodistas a los que se les daban exclusivas, se les concedían prebendas en forma de eventos auspiciados por el club y gozaban de todas las facilidades para entrevistar a quien desearan a cambio de su fidelidad a la causa. Una práctica peligrosa que, como en el caso de Ramón Calderón, puede convertirse en una bomba de relojería con el paso del tiempo porque, al fin y al cabo, lo que se escribe queda para toda la vida.

PACO GISBERT