José Rodríguez celebrando un gol de la selección españóla de balonmano (Foto: Turia).
UNA POTENCIA FICTICIA

El balonmano es uno de esos deportes de los que los medios de comunicación se acuerdan, si acaso, una vez o dos al año. Cuando se celebran los Juegos Olímpicos o los Campeonatos del Mundo, el aficionado descubre que España es una potencia en esta disciplina que tiene una fuerte implantación en los países del norte de Europa, donde el frío impide jugar a algo que no se practique bajo techo. Durante el resto del año, los equipos españoles pueden conseguir gestas en las competiciones internacionales, pero el impacto mediático de tales logros queda reducido a breves reseñas.
En el plazo de un mes se han celebrado, como todos los años, los dos torneos anuales más importantes de selecciones de balonmano en categoría masculina y femenina. España consiguió un sorprendente segundo puesto en el Europeo femenino que se disputó en Macedonia, mientras que el seleccionado masculino acaba de consumar su más sonoro fracaso en los últimos 30 años en el Mundial celebrado en Croacia, en el que no ha podido clasificarse entre los 12 mejores equipos del planeta.
Durante muchos años, los clubes españoles de balonmano femenino han alcanzado las rondas finales de las competiciones continentales. El Mar Valencia ganó en 1997 la Copa de Europa y, tres años más tarde, la Recopa, la misma temporada que el Ferrobús Mislata se adjudicaba la Copa EHF. Los dos equipos valencianos eran unos habituales de la elite europea, gracias a que alineaban a las mejores jugadoras nacionales y contaban con extranjeras de primer nivel en sus plantillas. La selección, sin embargo, nunca probó las mieles del triunfo, en un fenómeno muy parecido al que se daba en el fútbol: la base de los clubes la formaban las foráneas y las jugadoras nacionales representaban un papel secundario en sus equipos. Con la crisis que azota al balonmano femenino español (y al valenciano en particular), el nivel de los clubes ha descendido notablemente en las dos últimas temporadas, una circunstancia que hacía presagiar un papel discreto de la selección en el Europeo de Macedonia. Para sorpresa de todos, el equipo entrenado por Jorge Dueñas ganó la medalla de plata en una competición en la que sólo perdió el partido final, ante la potente Noruega.
Al balonmano masculino le pasaba lo mismo, con la diferencia de que la selección, en este caso, sí que conseguía resultados en las grandes citas. Juan Carlos Pastor recogió la semilla que había sembrado César Argilés para construir un equipo tan sólido que, en los últimos tres años, conquistó un Mundial, una medalla de plata en el Europeo y un bronce en los Juegos Olímpicos. Lo hizo mientras los clubes acumulaban títulos continentales, porque, en la mayoría de los equipos, los jugadores nacionales aportaban tanto como las figuras que dan lustre a la liga ASOBAL, considerada como una de las mejores del mundo. Aquella selección no ha sabido sufrir el difícil trago de un cambio generacional y ha caído en picado en el Mundial que todavía se celebra en Croacia. Sus derrotas ante Suecia, Croacia y Corea han puesto de manifiesto que las nuevas generaciones no tienen la calidad individual de los jugadores que certificaron el trienio de oro del balonmano masculino español.
Pero el problema del balonmano es otro, más allá de los éxitos o los fracasos puntuales. La liga ASOBAL cuenta con cuatro equipos que compiten con los mejores del mundo, pero, detrás de ellos, hay un páramo de conjuntos que sobreviven como pueden llenando sus plantillas de jugadores foráneos. Lo mismo se puede decir de las chicas, en una profunda crisis por culpa de la dejadez de las instituciones y la ausencia de un marco legal que favorezca el patrocinio de las empresas a los clubes de elite. Así, el balonmano es un gigante con pies de barro, un enorme monstruo que aflora sólo cuando la selección juega y que hace que los comentaristas miren cuál es la situación de este deporte en función de los resultados del equipo nacional y olviden que, detrás de eso, hay muy poca política de cantera, muy poco apoyo de los medios de comunicación y un desprecio general en la sociedad por todo lo que no sea fútbol y, en ocasiones, baloncesto. España ha sido una potencia en balonmano durante años, pero una potencia ficticia, fruto de una generación espontánea de jugadores y técnicos que han sabido abstraerse de la carpetovetónica estructura federativa, de los problemas económicos y de la falta de interés general para lograr triunfos que ni siquiera se han calibrado en su justa medida.

PACO GISBERT