Los campos de fútbol tienen personalidad propia. No la que quieren vender quienes hablan del aspecto británico de los estadios del norte de España o la majestuosidad de recintos como el Camp Nou. Ni siquiera la que confiere el carácter de sus aficiones, racial y chillona en los campos meridionales, crítica en los templos de los equipos grandes y gélida en lugares como Valladolid o Soria. La personalidad de los campos de fútbol la conforman los seguidores que acuden cada quince días a ver a su equipo, pero no por su forma de animar, sino por sus filias y sus fobias, por aquellos futbolistas que la grada convierte en ídolos, a veces sin razones aparentes, o en apestados, en ocasiones de manera gratuita.
Así, el Ramón de Carranza, el campo en el que juega sus partidos el Cádiz, encumbró a un futbolista como Mágico González, un salvadoreño con pinta de pedigüeño que militó en el equipo andaluz en dos etapas durante la década de los 80. Mágico respondía a la antítesis de lo que debe ser un futbolista: era vago, noctívago y amigo de las cervezas y los porros. Pero, con el balón en los pies, era un primor, un artista capaz de hacer las cosas más sorprendentes. Y entonces al aficionado cadista le importaba bien poco que no hubiera entrenado en toda la semana o que se arrastrara durante 80 minutos por el campo como alma en pena. Bastaba una porción de su magia para devolverlo a los altares. Es un ejemplo de la personalidad de los campos andaluces, donde futbolistas con maneras artísticas, como el exbético Joaquín o el exsevillista Francisco eran poco menos que divinidades por su exquisito trato con el balón. La versión más radical de ese carácter la ofrecen los campos canarios, en los que, al revés que en la mayoría de los estadios europeos, la lentitud es virtud para un futbolista, no un defecto.
En San Mamés, por ejemplo, se produce un fenómeno curioso. El Athletic se ha caracterizado a lo largo de su historia por tener jugadores rocosos, duros, forjados a base de levantar piedras o cortar troncos, aunque sea en sentido metafórico. Pero el público bilbaíno también aprecia el toque, quizás porque ha sido un bien escaso en el césped. Allí triunfaron los Goikoetxea, Urzaiz o Zarra, pero al aficionado vizcaíno no le duelen prendas en aplaudir, aunque jueguen en equipos contrarios, las habilidades de futbolistas cortados con otro patrón.
Mestalla, sin embargo, tiene una personalidad que raya con la esquizofrenia. El aficionado valencianista odia a los mediocentros, al menos desde que esa figura se instauró en el fútbol moderno. Castellanos, un futbolista barbudo y poco hablador que trabajaba como el que más y cuya principal misión era quitarle el balón al contrario para dárselo a un compañero mejor dotado técnicamente que él, fue el primer damnificado de esa extraña manía, que también alcanzó a jugadores como Bossio, Tomás o, más recientemente, Albelda, sobre cuya aceptación en Mestalla, más allá de su entrega y compromiso con el club, hay suficientes dudas. El público valencianista prefiere porteros sobrios y reniega de guardametas voladores o espectaculares, por lo que encumbró a Abelardo, Manzanedo o Cañizares y nunca acabó de entender a Sempere o Hildebrand. Y confía en defensas que sepan hacer algo más que pegar patadas, los quiere contundentes pero con una pizca de clase que les permita salir con el balón controlado de la cueva. Algo así como Tendillo, Arias o Djukic, lo contrario que zagueros menos técnicos como Serrat, Revert o Moretti. La única excepción es la del defensor pundonoroso y racial, modelo Carrete o Ayala, quienes gozaron del favor de la grada pese a no responder al perfil de futbolistas exquisitos en el trato con el balón. Gustan los centrocampistas fantasiosos con un punto de sacrificados, por lo que a Fernando o Subirats les costó mucho más llegar al corazón de la grada que a Roberto, Baraja o Claramunt. Y, en la delantera, venera a aquellos que tienen el gatillo preparado siempre, como Villa, Kempes o el Piojo López, para denostar a los que dudan, siquiera un segundo, antes de rematar a puerta. Por eso no triunfaron en Mestalla Carew, Lucho Flores, Mista o Di Vaio.
PACO GISBERT |