Agustín Morera, Juan Soler, Arturo Tuzón y Pedro Cortés, ex presidentes del Valencia CF (Foto: García Poveda).
LAS VACAS FLACAS

Después de tres años de éxitos, el Valencia cayó en una profunda crisis económica y deportiva en la temporada 1982-83. Las obras emprendidas en Mestalla para acondicionar el estadio cara al Mundial que se celebró en España en 1982 y la mala gestión de la directiva encabezada por José Ramos Costa llevaron al club a una situación desesperada. El Valencia arrastraba una deuda cercana a los 1.500 millones de las antiguas pesetas y comenzaba a alejarse de los puestos de privilegio en la clasificación de primera división. Aquella temporada, el club entonces blanco ya había reducido notablemente el potencial de su plantilla y el equipo rindió muy por debajo de su potencial, que le auguraba una clasificación en la mitad de la tabla. El 1 de mayo de 1983, el Valencia se salvó del descenso, tras una temporada catastrófica, gracias a una combinación de resultados que parecía extraída del final feliz de una película de Hollywood. Dos años más tarde, en 1985, la amenaza que había asomado en 1983 se materializó con el descenso del equipo a segunda división.
Arturo Tuzón accedió a la presidencia del Valencia el 30 de mayo de aquel año, cuando el equipo acababa de consumar su bajada a los infiernos. La deuda de la entidad rozaba los 2.000 millones de pesetas, el club se había desprendido de su mejor activo, el centrocampista Roberto Fernández, que se fue al Barcelona a cambio de 100 millones de pesetas y la plantilla había quedado prácticamente desmantelada, tras unos años en los que el caos en la planificación deportiva había llenado el vestuario de anónimos futbolistas que pocos recuerdan, caso de Muñoz Pérez, Aliaga o Serrat. Tuzón y su equipo urdieron un plan para recuperar económica y deportivamente a la entidad que pasaba por una reducción de los costes en jugadores, una apuesta por la cantera y un plan de saneamiento y ahorro que acabaría dando sus frutos. Tuzón tuvo la suerte de llegar al corazón de una afición concienciada de que el Valencia iba a vivir años de vacas flacas, pero que el trabajo de unas cuantas temporadas podría dar sus frutos en el futuro.
En ese Valencia deprimido se forjó una generación de futbolistas que, ya en los primeros noventa, haría retornar al club al lugar que por historia le correspondía. Sempere, Voro, Giner, Camarasa, Fernando y Arroyo constituyeron la piedra filosofal sobre la que se edificó el proyecto deportiva, mientras que el cinturón económico se apretaba con una austeridad en el gasto insólita para un club que, sólo un decenio antes, había hinchado pecho como nuevo rico del fútbol nacional gastando 100 millones de pesetas (una pasta a mediados de los 70) en reforzarse con futbolistas como Diarte, Carrete, Castellanos, Kempes o Botubot. El plan de Tuzón funcionó, pues el Valencia no sólo subió a primera división tras un año en el infierno, sino que, sólo tres temporadas después de aquel logro, consiguió el subcampeonato de liga con la base de la plantilla que bajó a segunda. De aquella liga en la que el Real Madrid batió el récord histórico de goles en el torneo que ahora pugna por arrebatarle el Barcelona de Guardiola.
Casi 25 años después de aquellos hechos, la historia se repite. Un decenio de éxitos, el más laureado de los 90 años del club, han desembocado en una crisis económica gigantesca para el Valencia. Y un atisbo de crisis deportiva. La caprichosa gestión de Juan Soler al frente del club ha dejado en el Valencia una deuda cercana a los 1.000 millones de euros, una plantilla repleta de futbolistas veteranos o devaluados, que difícilmente tendrán salida en el mercado, y tres o cuatro jugadores como principal patrimonio para, con su venta, enjugar la deuda.
Se avecinan tiempos de vacas flacas para el Valencia y Vicente Soriano, el actual presidente, no acaba de convencerse. Quizás por eso la afición sigue reclamando títulos, pensando en que el equipo debe aspirar a lo más alto en las competiciones que disputa y apostando por una huida hacia adelante que, dados los antecedentes, puede terminar en una repetición del pasado. Sería bueno que Soriano y su equipo tuvieran memoria histórica y recordaran a Arturo Tuzón para solucionar un problema que, como una bola de nieve, cada vez se hace más y más grande.

PACO GISBERT