El jugador del Madrid Sneijder zancadillea a Messi (Foto: Turia).
LAS DOS ESPAÑAS

Por mucho que duela reconocerlo, España es un país bipolar. Antonio Machado fue el primero que teorizó sobre el tema, cuando escribió aquello de que “una de las dos españas ha de helarme el corazón”. Vivimos en un país dividido entre el sí y el no a casi todas las cosas importantes, entre la derecha y la izquierda, entre el norte y el sur, entre los que viven de día y los que viven de noche, entre la euforia y la depresión.
En el fútbol esa bipolaridad está representada por el Barcelona y el Madrid. Decía Vázquez Montalbán que el Madrid y el Barcelona se necesitan, que son parte de un mismo todo, como el ying y el yang, que, aunque ambos desearan la desaparición de su contrario, lo que, en términos futbolísticos se traduce en el descenso a segunda división, en el fondo, no podrían vivir sin que el otro existiera. Barcelona y Real Madrid arrastran una secular rivalidad que se enconó, por cuestiones que trascienden el mero ámbito deportivo, en los duros años de la dictadura franquista. Durante los 40 años de gobierno del general Franco, el Madrid fue la imagen del régimen, el equipo con mayor valor propagandístico de un sistema político que, al revés que otros estados totalitarios, ni siquiera apostó por el deporte para dar una imagen exterior de normalidad. Por eso, el Madrid de las cinco copas de Europa le vino al pelo a los dirigentes de la época: era la mejor demostración de que los españoles éramos mejores que el resto del mundo, aunque en aquel equipo se alinearan argentinos, uruguayos, húngaros o franceses. Por el contrario, el Barcelona sufrió los rigores del régimen desde la guerra civil, cuando su presidente fue fusilado por republicano, y siguió gozando de poca simpatía entre los gobernantes a lo largo de todo el periodo dictatorial, algo que los barcelonistas esgrimían cada vez que un árbitro se equivocaba y pitaba un penalti en contra de su equipo.
La liga 2008-09 tenía toda la pinta de ser la más aburrida de la historia. El Barcelona, como esos ciclistas que en una etapa de montaña se escapan en los primeros kilómetros para intentar la gran hazaña de sobrevivir a todas las cuestas, realizó una primera vuelta impecable. Jugaba de maravilla, ganaba todos los partidos y parecía haber sentenciado el campeonato cuando todavía quedaban más de 20 jornadas por disputar. Un monólogo que sólo se hacía soportable cuando veías jugar al Barça. Corroborando lo que decía el maestro Vázquez Montalbán, el lado oscuro de esta temporada correspondía al Madrid, que arrancó el torneo plagado de problemas y con un entrenador más proclive a decir tonterías ante los medios de comunicación que a domeñar a una plantilla tan desestructurada como poco deslumbrante en su juego. Su particular bajada a los infiernos coincidió con la destitución de Schuster en el banquillo y la dimisión de Calderón en la presidencia. Para entonces, el Barcelona ya acumulaba un ventaja de 12 puntos sobre los madridistas que parecía insalvable y que condenaba a los blancos a pelear por el dudoso honor de ser segundos.
Total, un desastre para la prensa deportiva madrileña, cuya mayor aportación a la causa esta temporada había sido el descubrimiento, en un acto de periodismo de investigación sin precedentes en el ramo, de los amaños de Calderón en la asamblea madridista. Así que idearon una campaña de esas que tanto gustan a sus lectores: ¿Sería capaz el Madrid de meterse en la lucha por la liga? Sorprendentemente, gracias a la cordura de Juande Ramos, el Madrid ha logrado meter el miedo al acomodado Barcelona y se ha situado a cuatro puntos del líder, con el agravante para el barcelonismo de que el equipo blanco tiene pinta de igualar los registros de la primera vuelta culé.
Así que ya tenemos liga. Vuelve la diversión, vuelve la España bipolar y vuelve la eterna rivalidad entre los dos grandes del fútbol español. El resto de equipos se tendrá que conformar con ser cabeza de ratón en un campeonato más marcado por la supremacía de los poderosos que nunca.

PACO GISBERT