1984 estaba destinado a ser el año de la pesadilla orwelliana. Y, en España, fue un año convulso. El paro superaba el 17 % de la población, las autonomías históricas se encontraban en pleno proceso de reivindicaciones, ETA continuaba matando en las calles del País Vasco, el pueblo pedía un referendum para salir de la OTAN, la derecha se regeneraba intentando borrar sus huellas del pasado y la izquierda, en el poder, luchaba por sacar adelante sus reformas ante el descontento popular. Los españoles tenían cosas más importantes que pensar que en el fútbol.
El Athletic de Bilbao ganó su segunda liga consecutiva, con lo que refrendó la supremacía de los equipos vascos, que se habían adjudicado cuatro campeonatos consecutivos. Entrenado por Javier Clemente, por entonces el técnico más joven que había accedido a su cargo en primera división, el conjunto vizcaíno ganó el torneo con un punto de ventaja sobre un Barcelona que, a la vista de su plantilla, parecía el claro candidato al título. Pero algo había ocurrido unos meses antes, a finales de septiembre de 1983, que cambiaría el rumbo de aquella liga. Barcelona y Athletic de Bilbao se enfrentaron en el Camp Nou con el recuerdo de la brutal entrada que Andoni Goicoetxea le había hecho a Bernd Schuster tres años antes en San Mamés y que dejó al jugador alemán casi un año sin jugar. En el minuto 59, otra vez Goicoetxea entró por detrás a Maradona para romperle todo lo humanamente rompible de la rodilla hacia abajo. El Barça ganó aquel partido por 4-0, pero perdería a Maradona durante más de tres meses. Goicoetxea fue sancionado con 10 partidos, aunque la pena inicial era de 25, debido a su carácter reincidente.
Los dos equipos volvieron a verse las caras el 5 de mayo de 1984 en la final de la Copa del Rey. El Athletic aspiraba a lograr el tercer doblete de su historia, tras los conseguidos en 1943 y 1956; el Barcelona, a amortizar sus más de 2.000 millones de pesetas en fichajes con un título nacional que le era esquivo desde seis años antes. Fue un partido duro, de esos en que los jugadores parece que tengan cuchillos en vez de piernas cada vez que disputan un balón, un partido feo, plagado de interrupciones y con más preocupación por atacar al tobillo del contrario que al balón en los pocos minutos en que estuvo en juego. Muy pronto, al cuarto de hora de encuentro, había marcado Endika para los vascos y el Barcelona asedió la meta de Zubizarreta hasta el final del partido sin ningún éxito. Franco Martínez, un árbitro que durante años estuvo vetado por la dictadura para dirigir finales coperas por la coincidencia de su apellido con el del jefe del estado (y el miedo del régimen a que todo un estadio gritara “Franco, cabrón” con la excusa de que iba dirigido al colegiado), pitó el final del partido y, mientras unos se abrazaban de júbilo y otros lloraban sus penas, en un rincón del rectángulo de juego se desencadenó la pelea más vergonzosa que jamás ha visto el fútbol español a lo largo de su historia. Maradona se enzarzó con Sola y, a su auxilio, llegaron Migueli y Clos, al mismo tiempo que otros futbolistas bilbaínos acudían en defensa de sus compañeros. Patadas dignas de una película de kung-fu, brutales puñetazos y golpes de todos los colores fue el balance final de un partido que, de ser la fiesta del fútbol español, se transformó en la batalla del Bernabeu. Unos meses después, Maradona firmaba por el Nápoles y ponía fin a su primera aventura como jugador en España; Goicoetxea, en aquel equipo sorprendente que lideraba desde el banquillo en eterno Miguel Muñoz, se proclamó subcampeón de Europa en Francia.
El destino ha querido que un cuarto de siglo después de aquella recordada final de la vergüenza, el Barcelona y el Athletic de Bilbao se vuelvan a encontrar para dilucidar el campeón de la Copa del Rey de este año. Han cambiado muchas cosas desde entonces, aunque el entorno político y social de estos tiempos parezca decir lo contrario. Será en Mestalla, no en el Bernabeu, el próximo 13 de mayo y no estarán ni Maradona, actual seleccionador argentino, ni Goicoetxea, consejero técnico del Levante. Al menos, sobre el campo.
PACO GISBERT |