Los periódicos deportivos deberían plantearse la posibilidad de colorear las páginas referidas a la información del Valencia CF de color salmón, el tono cromático que distingue a la sección de economía en muchos medios de comunicación. La mayoría de las noticias que genera el club valenciano tienen un tinte económico, dada la angustiosa situación financiera que atraviesa la entidad y el estado de abulia que provoca la trayectoria deportiva del equipo.
No soy experto en economía ni me interesa mucho la cuestión financiera de los clubes de fútbol, entre otras cosas porque creo que hay una clara discriminación positiva en el caso de las entidades futbolísticas respecto a otras empresas, incluso deportivas. Apelando a los sentimientos que genera un equipo de fútbol, las autoridades de todo signo y lugar se han preocupado desde hace muchos años de salvar de la quiebra a demasiados clubes, desde que, en 1992, una ley promovida por el gobierno de Felipe González los transformó en sociedades anónimas deportivas e hizo tabula rasa con las millonarias deudas que arrastraban los clubes de fútbol de élite, debidas en casi todos los casos al despilfarro y la mala gestión administrativa.
El Valencia vive sumido en una grave crisis económica desde hace algo más de diez años. Cuando Paco Roig asumió el mando de un club saneado económicamente gracias a la gestión de Arturo Tuzón y se erigió en bandera demagógica de la ilusión de los aficionados. Roig aplicó al Valencia un modelo de gestión ambicioso que ya había fracasado en tiempos pretéritos, cuando José Ramos Costa intentó convertir al Valencia en un club de campanillas tirando de talonario y construyendo la casa por el tejado a finales de la década de los 70. Los resultados no le acompañaron y Roig dejó la presidencia en manos de Pedro Cortés, primero, y Jaime Ortí, después, aunque siguió conservando la vitola de máximo accionista de la entidad. Cortés y Ortí trabajaron con austeridad, pese a la presión de una parte de la masa social que exigía títulos como quien pide ayudas gubernamentales para las cosas más absurdas. Con la deuda minimizada, entró en el Valencia Juan Soler, gracias a la mediación de la Generalitat. Y, para Soler, el Valencia fue un juguete, una especie de Monopoly deportivo en el que el dinero estaba disponible para los caprichos de su presidente. En cuatro años como dueño del club, Soler aumentó exponencialmente la deuda fichando futbolistas mediocres a precio de oro, pagando indemnizaciones a un buen número de empleados a los que blindó con contratos millonarios cuando le bailaban el agua y cambiando entrenadores, directores deportivos y responsables de comunicación según su variable estado de ánimo.
El agujero negro de las cuentas del Valencia creció de forma considerable por culpa de la lamentable gestión de Soler, quien optó por vender sus acciones a mediados del año pasado como única salida posible para escapar de la quema. Pero el único comprador que encontró fue Juan Villalonga, avispado hombre de negocios madrileño con probados contactos con el núcleo duro del PP, quien planteó como primera medida para sanear la entidad una ampliación de capital. Soler, al ver que su poder se reduciría con la entrada de nuevos actores en el accionariado, reculó y se alió con Vicente Soriano, segundo máximo accionista del club, con quien pactó un traspaso de acciones mientras éste intentaba buscar nuevas fuentes de financiación. Han pasado nueve meses desde que Soriano asumió el control teórico de la entidad y ninguna de las promesas del nuevo presidente se han cumplido.
El Valencia parece ahora abocado a la ampliación de capital como clavo ardiente para escapar de su ruina. No será la única medida que deberá adoptar la junta de accionistas. El pufo dejado por Soler es tan grande que los 100 millones de euros que se prevé que dejen en las arcas valencianistas las adquisiciones de nuevos títulos no son sino un pequeño parche para tapar el agujero. Planean tiempos de miseria para un club que, a lo largo de su historia, ha estado sometido a altibajos deportivos y económicos de los que siempre ha salido. Todo ello si quienes controlen el club después de la ampliación no son del mismo talante que los propietarios actuales. Si así fuera, al Valencia le espera el infierno.
PACO GISBERT |