El 19 de mayo de 1996, el Valencia jugaba contra el Espanyol en la penúltima jornada de liga con la esperanza de seguir aspirando a la quinta liga de su historia. Desde el comienzo de aquella campaña, el Atlético de Madrid se había distanciado del resto de equipos y parecía dominar el campeonato con suficiencia, pero una extraordinaria reacción del equipo blanquinegro, dirigido desde el banquillo por Luis Aragonés, retrasó el alirón atlético hasta la última jornada de liga. Antes del encuentro contra el Espanyol, en el vestuario de Mestalla, Luis vio cómo Zubizarreta se reía a solas delante de la pizarra en la que estaba escrita la alineación de aquel día, el equipo que permitiría a la afición valencianista seguir soñando con un título que se resistía desde hacía 25 años. Luis, al ver al portero reír sin motivo aparente, le preguntó al mítico portero vasco: “¿usted de qué se ríe?”. Zubizarreta, sorprendido de la curiosidad de su entrenador, esquivó la respuesta: “De nada, míster”, pero, ante la insistencia de Luis, acabó por confesar las razones de su hilaridad: “Es que he visto la alineación en la pizarra, he pensado que, con este equipo, podíamos ser campeones de liga y no he podido evitar sonreír”. Lo decía un futbolista que había ganado 6 ligas con equipos de mayor pedigrí, al lado de jugadores como Romario, Laudrup, Guardiola, Sarabia, Dani o Goicoetxea.
Unos meses antes de esta anécdota, el 29 de febrero de 1996, el Valencia protagonizó una de esas gestas que quedan en el recuerdo de pocos aficionados porque pasan inadvertidas para el gran público, pero que demuestran el talante de un equipo. La semana previa, en la ida de la semifinal de la Copa del Rey ante el Atlético de Madrid, había sufrido uno de los mayores descalabros que se recuerdan en Mestalla. En un partido vibrante entre los que, sólo dos meses y medio después, serían los máximos aspirantes a ganar la liga, el Valencia desperdició una ventaja de 2-0 para perder por 3-5 en un partido inolvidable, jugado a cara de perro entre los que, en aquella temporada, eran los conjuntos que mejor fútbol parcticaban en España. La eliminatoria estaba decantada, aunque el equipo de Luis debía pasar por el obligado trámite de visitar el Vicente Calderón para jugar la vuelta. Para sorpresa de todos, el entorno valencianista vivió las horas previas a aquel 29 de febrero en que el equipo tenía que visitar Madrid con una euforia que no se correspondía con la cruda realidad. Había un extraño convencimiento general de que era posible el milagro, de que el Valencia podía ganar a la orilla del Manzanares por 0-3 pese a que el Atlético liderara la liga y caminara disparado hacia el único doblete de su historia.
Así fue. El Valencia jugó en el Calderón uno de los partidos más brillantes de los últimos años. Ganó 1-2 y pudo haberse llevado la eliminatoria si hubiera tenido un poco más de acierto cara a la portería. Ante una derrota que estaba anunciada desde el enfrentamiento en Mestalla, el conjunto de Luis, ese equipo cuyos nombres daban más risa que esperanza, el de los Poyatos, Engonga, Otero o Eskurza, sacó su orgullo para intentar superar lo imposible.
La semana pasada se repitió esta historia a cientos de kilómetros de Madrid. En Londres, donde el Liverpool acudió al partido de vuelta de los cuartos de final de la Liga de Campeones con una losa en forma de derrota por 1-3 en el partido disputado en Anfield una semana antes. Visitaba al Chelsea en un enfrentamiento ya clásico en los últimos años en la competición. Y lo hizo convencido de que, con orgullo, podía levantar aquel resultado. En el descanso ganaba por 0-2 y, a falta de 10 minutos, por 3-4, lo que lo situaba a sólo un gol del pase a semifinales. Al final acabó empatando a cuatro goles en uno de esos encuentros que ya forman parte de la leyenda del fútbol por su intensidad, su belleza y su emoción. Al final del choque, Rafa Benítez, entrenador de los “reds”, pronunció una frase que resumía el carácter de su equipo: “Si pierdes de esta manera, tienes que estar orgulloso”.
No tengo constancia de ello, pero puedo afirmar que, cuando vieron ese partido y cuando escucharon la frase de Benítez, a Luis Aragonés y a Andoni Zubizarreta se les dibujó una sonrisa en el rostro recordando que ellos también fueron protagonistas de una gesta similar. Una gesta sin recompensa que demostraba que con orgullo no hay derrota.
PACO GISBERT |