Kléper Laveran Lima Ferreira, alias "Pepe", zancadilleando a Messi (Foto: Turia).
UN TIPO FAMILIAR Y RELIGIOSO

El verano de 2007, el Real Madrid pagó 30 millones de euros para hacerse con los servicios del defensa portugués Kléper Laveran Lima Ferreira, un futbolista de excelente planta y una trayectoria singular en el fútbol. A ese defensa, al que todo el mundo llama Pepe sin que nadie sepa exactamente por qué, la vida le cambió en 2001, cuando el Marítimo de Funchal, el club más representativo de la isla lusa de Madeira, lo fichó procedente del Corinthians Alagoano de Maceió, un desconocido equipo del norte de Brasil en el que había destacado como un central duro y expeditivo, de gran rapidez, con capacidad para sacar el balón controlado desde la cueva defensiva. Brasileño de nacimiento, Pepe recibió como una bendición su llegada a Europa, es especial cuando, tres años más tarde, recaló en el Oporto por recomendación de José Mourinho, el técnico que había llevado al club del norte de Portugal a su segunda Copa de Europa. Mourinho nunca llegó a tener a Pepe en su equipo, pues el mismo verano que el brasileño llegó al Oporto, el técnico se marchó al Chelsea, pero vio cómo, desde la distancia, aquel central por el que había apostado ganaba dos ligas portuguesas, la Copa Intercontinental, en una agónica final por penaltis ante el Once Caldas colombiano, y sólo se le escapaba la Supercopa europea, en el que, hasta el momento, ha sido el último título continental del Valencia. En 2007, Portugal le otorgó la nacionalidad a Pepe, poco después de que el Madrid pagara por él la mayor cantidad desembolsada por un defensa en el fútbol español.
Sus biografías cuentan que Pepe es una persona tranquila, hogareña y religiosa. Como muchos futbolistas del país en el que nació, el central madridista es un hombre de profundas convicciones religiosas, que nunca olvida llevar colgada al cuello su medalla de Nuestra Señora de Fátima, y un fiel esposo que venera, como si fuera parte de él, a su mujer, a quien conoció durante su etapa como futbolista en el Oporto. Un futbolista en los antípodas del niño mimado que camina por el filo de su suerte intentando compaginar su fortuna profesional con la vida que le correspondería, por lógica, a un chaval de veintitantos años: fútbol, salidas nocturnas, alcohol y sexo.
A su llegada a España, quienes no estaban acostumbrados a verlo con la camiseta del Oporto en partidos internacionales se encontraron con un defensa contundente, rápido y con una gran anticipación a la hora de leer las intenciones ofensivas de los delanteros contrarios. Pero también con un zaguero duro cuyo fútbol siempre transitaba por los márgenes de la legalidad. El hecho de jugar en el Real Madrid tapó la violencia que Pepe llevaba dentro en cada entrada, como tantos futbolistas que pasaron por el club blanco y a los que se recuerda más por sus méritos deportivos que por los cadáveres futbolísticos que dejaron en el camino, caso de Gregorio Benito o Fernando Hierro.
Hasta el miércoles de la semana pasada, cuando a Pepe se le cruzaron los cables y, tras cometer un penalti en el último minuto del partido que su equipo jugaba ante el Getafe, la emprendió a patadas, puñetazos y pisotones con los futbolistas del modesto equipo madrileño. Pepe desencadenó un huracán que ha oscurecido la frenética lucha que mantienen Madrid y Barcelona por ganar esta liga. Los medios madrileños, en su habitual línea de minimizar lo que ocurre en el Real Madrid y magnificar acciones similares o menores protagonizadas por jugadores de otros clubes, respondieron con tibieza a la salvajada de Pepe. Fuera de Madrid, a nadie le extrañó que un jugador tan violento como el central madridista explotara un día lanzando patadas a diestro y siniestro en un arrebato de locura tan criminal como absurdo.
Pepe estará diez partidos sin jugar después de su paliza al pobre Casquero, por mucho que su entrenador afirmara que sus patadas las había dado “al aire”. Cuando regrese, si es que lo hace (no sería la primera vez que un club decide prescindir de un futbolista que ha protagonizado un incidente de esas características), nadie se creerá que Pepe es ese tipo tranquilo que antes de los partidos besa su medallita de la Virgen de Fátima. Su estallido violento le acompañará por siempre, como antes les ocurrió a jugadores que pasaron por el mismo trance, como David Navarro o Andoni Goicoetxea.

PACO GISBERT