En 1970, el régimen de Franco vivía momentos de decadencia. Repudiado internacionalmente y con importantes focos de ruptura en el interior del país, el franquismo se agarraba a sus manifestaciones de fuerza para perpetuarse, al mismo tiempo que, en el entorno político, se adivinaba un cambio que, sin embargo, todavía tardaría unos años en producirse. La España de Franco necesitaba una campaña de propaganda en el extranjero que maquillara su imagen de país sanguinario y el deporte parecía un buen instrumento para llevarla a cabo. El problema era que el franquismo, con su inexistente política deportiva, sólo confiaba en la generación espontánea, en el advenimiento de atletas que, sin instalaciones ni medios, lograran gestas con las que honrar a un sistema político que nunca les había ayudado a conseguir triunfos.
En abril de aquel año, la resquebrajada España de Franco encontró, por casualidad, a uno de esos mitos deportivos que podían servirle para lavar su imagen en el exterior. Dos años antes, un avispado promotor había descubierto en un caserío próximo a Cestona a un joven de 25 años de descomunal fuerza, que practicaba el levantamiento de piedras. Se llamaba José Manuel Ibar y era como Shrek, el ogro que muchos años más tarde iba a ejemplificar al tipo fuerte pero noble. El promotor lo convenció para que cambiara las pesadas piedras por los guantes de boxeo y se subiera a un cuadrilátero a pegarse con sus oponentes, pese a que Urtain, nombre de guerra que adoptó porque era el del caserío en el que se había criado, no tuviera ni idea de técnica pugilística. Desde su debut, Urtain había ganado 27 combates consecutivos por K.O., no sin discusión, ya que siempre planeó la sospecha de que sus peleas fueron amañadas para allanarle el camino hacia la gloria. Con esa marca, Urtain, “El morrosko de Cestona”, boxeaba en abril de 1970 en el Palacio de los Deportes de Madrid para ganar el campeonato de Europa de los pesos pesados, un título que ningún español ostentaba desde Paulino Uzcudun, 40 años antes. Su rival era el alemán Peter Weiland, un veterano púgil, bastante pasado de quilos, que sucumbió a un directo al hígado del vasco en el séptimo asalto.
Aquella victoria convirtió a Urtain en una celebridad en la gris España franquista. El prototipo de self made man que arropaba el régimen. Un mito para las nuevas generaciones de españoles que, en aquel tiempo, crecieron con el boxeo, al mismo nivel de popularidad que el fútbol. Urtain fue imagen de anuncios, apareció en las revistas del corazón y llegó a ser recibido por Franco en El Pardo. Pero su reinado acabó pronto. Seis meses más tarde, Urtain perdió su título en Londres, ante el británico Henry Cooper, en una sangrienta pelea, y, aunque lo recuperaría brevemente un año más tarde, su llama se fue extinguiendo, lentamente, hasta su retirada definitiva, en 1972.
Urtain, inocente y bonachón, fue durante dos años el símbolo de un país subdesarrollado y visceral. Y, como tal, se convirtió en un juguete roto. Se pasó a la lucha libre, una disciplina muy popular en los últimos años del franquismo que llenaba plazas de toros y palacios de los deportes, fracasó en diversas iniciativas empresariales y acabó por abrir un restaurante en el barrio del Pilar, en Madrid, muy cerca de donde vivía. Aquel negocio no le solucionó la vida, más bien al contrario. Agobiado por las deudas y solo, José Manuel Ibar decidió terminar con su vida y el 21 de julio de 1992 se lanzó al vacío desde el décimo piso de su domicilio, en la calle de Fernán Caballero de la capital de España. Al día siguiente, los mismos periódicos que lo habían elevado a mito, que se habían matado por una entrevista con él, dedicaron una pequeña reseña a su suicidio.
La compañía Animalario estrenó el año pasado una obra teatral basada en la vida de Urtain, que pasó por Valencia hace unos días. Un retrato violento y descarnado sobre la utilización de un hombre por parte de un régimen político. El perfil de un hombre al que las tentaciones de fama, dinero y mujeres fueron suficientes para cambiarle la vida y transformarlo en un desgraciado. A Urtain, casi 30 años después de aquel combate contra un gordo alemán que apenas podía moverse en el ring, los golpes más duros no se los dieron boxeando. Se los dieron los que le rodeaban. Los otros, el infierno, como decía Sartre.
PACO GISBERT |