Hace ahora diez años. El día D tiene cifras cabalísticas y un recuerdo imborrable en la mente de los aficionados valencianistas. El 9 de junio de 1999, en Mestalla, el Valencia consiguió, en el partido de ida de las semifinales de la Copa del Rey, la mayor goleada que jamás ha infligido al Real Madrid. Ganó por 6-0 tras pasar por encima del club blanco, al que la sarcástica grada le cantaba aquellos de “sois San Marino, vosotros sois San Marino” para comparar al club capitalino con la selección del minúsculo país itálico, que había recibido similar castigo por parte de España unos días antes en Castellón.
Aquel día, el día de San Marino, del 6-0, de los goles de Vlaovic, Angulo, Mendieta y Roche y el Piojo López por partida doble, se abrió para el valencianismo el ciclo más glorioso de la historia del club. Diez años en los que el Valencia ha ganado dos copas del Rey, dos ligas, una Copa de la UEFA, una supercopa española y otra continental. En los que ha sido dos veces finalista de la Liga de Campeones y un equipo temible para cualquier rival que se le cruzara en un encuentro europeo. En los que todos los equipos del continente han suspirado por futbolistas como Gaizka Mendieta, Claudio López, Pablo Aimar, David Albelda, Roberto Ayala, David Silva o David Villa. Y todos ellos militaban en el Valencia.
El espíritu de aquel Valencia que inventó Ranieri, mejoró Cúper, perfeccionó Benítez y cuya inercia llegó hasta Quique Flores es el que dos buenos amigos han bautizado como “el puto Valencia”. Ese equipo incómodo, bronco, peleón, rocoso, antipático y letal, forjado con trabajo y cuidado en los mínimos detalles, que era fiable para sus seguidores y un castigo para sus enemigos. El equipo que podía joderle la tarde a cualquiera por poco que se descuidara. El que superó al Madrid de los galácticos, el Barcelona de Van Gaal o el Arsenal de Wenger. El que hizo del Valencia uno de los clubes más respetados del mundo durante casi un decenio.
Ese “puto Valencia” murió la semana pasada al perder todas sus opciones de disputar, por segundo año consecutivo (un hecho que se produce por primera vez desde 1999), la Liga de Campeones la temporada que viene. La derrota en Villarreal, consecuencia lógica de un final de temporada tempestuoso en el que el Valencia sólo ha respondido a sus expectativas cuando ha tenido al campo de Mestalla soplándole al oído, consumó el final de uno ciclo cuando se cumplen exactamente diez años desde su inicio.
El final de ese ciclo coincide con una de las crisis económicas y sociales más graves de la historia de la entidad. Al día siguiente de que este ejemplar de la Turia llegue a los quioscos, el Valencia celebrará una junta de accionistas en la que se decidirá el futuro del club. La ampliación de capital que propone, en voz baja, el consejo de administración se ha vendido como solución para solventar la maltrecha economía del Valencia. Pero, conociendo a los que han regido el club en los últimos años, no se puede asegurar siquiera que salga adelante. La crisis parece augurar unos años de miseria, de regreso a la zona media de la clasificación y de que, como en alguna ocasión se produjo en la década de los 80, la prepotente prensa madrileña califique al Valencia de “equipo modesto”.
Quizás este paso atrás no sea tan malo para la salud de una entidad que ha olvidado muy pronto de dónde viene. Que de su memoria ha desterrado los tiempos en que el equipo luchaba por entrar entre los cinco primeros para jugar la Copa de la UEFA, los grandes se llevaban con discrecionalidad a sus estrellas y al asiduo de Mestalla le bastaba con ver cómo se le ganaba al Madrid y el Barça en el coliseo valencianista. Que, con los fichajes mediáticos a golpe de talonario, las fanfarronadas de sus presidentes y el desafinado coro de periodistas de cazo, ha perdido la conciencia de lo que el Valencia ha sido a lo largo de sus 90 años de historia. Un club que sólo ha podido vencer a aquellos que le superaban en presupuesto cuando ha empleado sus propias armas, no las que esgrimen sus enemigos. Cuando ha sido ese “puto Valencia” que ha dado diez años de ensueño a sus aficionados.
PACO GISBERT |