En torno a la Copa de las Confederaciones que actualmente se disputa en Sudáfrica se ha abierto un debate muy amplio sobre las posibilidades reales que tiene el país para acoger la Copa del Mundo del próximo año. Los representantes de los medios de comunicación, en especial los periodistas extranjeros que llevan un par de semanas por aquí, se plantean las principales dudas en torno al transporte y a la seguridad, ya que los estadios están perfectamente equipados y poco tienen que envidiar a los de los países más desarrollados y las telecomunicaciones funcionan razonablemente. Dentro un año, la FIFA espera 500.000 turistas para presenciar la competición —muchos me parecen— por lo que es evidente que queda mucho por avanzar en un país sin tradición alguna de transporte público, con su oferta hotelera básicamente centrada en el turismo de naturaleza, diametralmente distinto al futbolístico,
en el que la seguridad es sensiblemente mejorable y en el que la gente no vive en la calle, que es el lugar habitual de reunión en Europa de aquellos que viven el fútbol con intensidad.
Este puede ser un panorama subjetivo y quizá superficial de la situación a un año vista de un Mundial por el que la FIFA ha apostado al máximo. Su presidente, Joseph Blatter, ha recordado que gracias a su predecesor, Joao Havelange, la Copa del Mundo llegó a Asia. Allí, en la sede compartida de Corea del Sur y Japón, se disputó la edición de 2002. Para Blatter, la disputa de la próxima Copa en África es una cuestión de solidaridad y de lucha contra la discriminación y el racismo. Considera que no hay futuro para el fútbol con alternancias en los Mundiales entre Europa y América. Paralelamente, la FIFA ha desarrollado varias campañas bajo el lema «Por el juego. Por el Mundo», entre ellas una que tiene lugar estos días en Sudáfrica bajo el título de «Football for hope» —Fútbol para la esperanza—, dedicada a mejorar la condición de la infancia en los países más subdesarrollados.
Todo ello provoca una reflexión sobre el papel que juegan algunas grandes organizaciones en el orden mundial. Los casos más llamativos en el ámbito deportivo son los de la propia FIFA y el Comité Olímpico Internacional, que tienen algunos registros en común. El momento histórico en que afloraron a finales del Siglo XIX o principios del XX, la ubicación de sus sedes en el mismo lugar, Suiza, —el paradigma de la neutralidad—, las relaciones establecidas con distintos gobiernos y naciones y la trascendencia mediática de sus respectivos productos demuestran que sus sendas son completamente paralelas.
En el caso de la FIFA, que ha reconocido 140 millones de euros de beneficio y más de seiscientos millones de fondos en el pasado año, la organización ofrece dos imágenes muy diferenciadas. Por un lado están sus programas de integración, sus actividades destinadas a fomentar la educación y la salud a través del fútbol. «Debemos ganar dinero e invertirlo en este tipo de programas» ha afirmado Blatter, quien,
además, ha criticado la desmesura de las cantidades pagadas por fichajes como los de Kaká o Cristiano Ronaldo y ha apuntado a la necesidad del «fair play» financiero y a la no concentración de la riqueza del fútbol entre unos pocos.
Para algunos, esta es la imagen del lobo con piel de cordero. Muchos
piensan que se trata de una organización con un ánimo de lucro desmedido, que impone a los estados algunas directrices que van más allá de las leyes internas de cada país y citan como ejemplo lo ocurrido en alguna polémica mantenida con la Unión Europea sobre el uso de jugadores comunitarios y extracomunitarios en cada competición, que se muestra tozuda a la hora de fijar la celebración de las competiciones allí donde el consumo del producto fútbol es más elevado y que, en el fondo, vela sobre todo por sus propios intereses.
En cualquier caso, al margen de estas dos caras de una institución cuyas decisiones pueden contribuir a mejorar las infraestructuras o las redes de comunicación de un país con el pretexto de una gran cita deportiva, lo que está claro es que en sus manos está uno de los productos más valiosos a nivel mundial de los primeros años del Siglo XXI. Su capacidad para saber explotarlo es innegable, sus recursos para sacarle partido son máximos y los van a ser cada vez más en un planeta completamente globalizado. Por el juego, por el Mundo y por la FIFA.
ALFONSO GIL |