Juan Soler y Vicente Soriano no quieren perder el control de Valencia CF (Foto: García Poveda).
EL CLUB MÁS DIVERTIDO DEL MUNDO

En el fútbol, como en la vida, hay clubes que caen simpáticos por naturaleza y otros que, para la mayoría de la gente, son antipáticos sin que haya razones objetivas que justifiquen esa antipatía. Del mismo modo, hay clubes tradicionalmente serios y otros que son divertidos, bien porque sus aficionados tienen una gracia especial para animar a su equipo, bien porque su historia, su carácter o su juego los convierten en graciosos a los ojos de los futboleros.
El Valencia nunca ha sido un club excesivamente gracioso. Quizás ese carácter “fanfarrón”, como lo calificaba Javier Marías, o sus ansias de sobrepasar los límites naturales de su condición de cabeza de ratón han contribuido a crear una imagen del club valenciano poco dada a bromas. Además, el Valencia ha ganado títulos a lo largo de su historia, y eso es algo imperdonable en un panorama futbolístico bipartidista como el que impera en España desde hace muchos años.
Pero, de un tiempo a esta parte, el Valencia se ha convertido en el club más divertido del fútbol español. No porque su juego sea alegre y desprendido, ni porque la idiosincrasia de su afición haya cambiado y se haya mutado en una especie de clon de la bética, con abuelas centenarias animando en la grada, sombreros andaluces al campo cuando el equipo marca un gol o pareados imposibles desde la megafonía y las gradas, sino por la vorágine de acontecimientos que rodean a la entidad. Es divertido porque hace reír a los demás a causa de su torpeza, ese empeño inexplicable de hacer las cosas cada vez más mal en el momento en que uno piensa que las cosas no pueden ir a peor.
Todo empezó con la llegada de Juan Soler a la presidencia, un tipo con más aspecto de binguero que de mandatario de un club de fútbol. Su política veleta, por la que lo que servía hoy podía ser inútil mañana, transformó un club que venía de atravesar la mejor época de su historia en un carnaval del disparate. Soler salió por la puerta trasera y, en el quicio de esa puerta, estaba Vicente Soriano esperando para entrar. Lo hizo justo cuando el club había confiado su destino en un empresario con contactos políticos como Juan Villalonga, quien sólo tuvo diez días para revolucionar sus estructuras. Defenestrado Villalonga, Soriano se pasó un año prometiendo el oro y el moro, si bien en el Valencia el oro escaseaba y El Moro era un futbolista honrado que agotaba sus últimos años de su carrera en un club con menores exigencias que los que le procuraron su largo palmarés de títulos. Semana tras semana, Soriano prometió que las parcelas de Mestalla estaban vendidas, que tenía un plan para sanear la entidad y que el Valencia iba a conservar su potencial deportivo pese a la galopante crisis económica que lo azotaba. El día que lo dejó todo, empujado por el principal acreedor del club, Bancaja, la afición valencianista pensó que, al menos, quien lo iba a sustituir no fundamentaría su estrategia en mentiras sino en hechos.
Quien lo sustituyó fue Manuel Llorente, brazo armado de la entidad bancaria a la que el Valencia adeuda cifras mareantes y veterano gestor que, con mayor o menor suerte, ya dirigió en la sombra el club en su etapa más gloriosa. Llorente apostó por la ampliación de capital como clavo ardiendo para salvar una nave que se iba directamente, no al fondo del mar, sino a un concurso de acreedores. Una forma de implicar a toda la masa social en el proceso de reconstrucción de una entidad maltrecha.
Pero, en el Valencia, nunca cesan las sorpresas. Hace un par de semanas, Vicente Soriano volvió a la palestra al anunciar que había comprado más de la mitad del actual accionariado del club a través de una extraña empresa llamada Inversiones Dalport. Y la vuelta de Soriano es similar al cuento aquel del pastor mentiroso, que, de tantas mentiras que contó, nadie acabó creyendo la verdad. Inversiones Dalport no tiene muy buena pinta, aunque de empresas fantasmas Valencia y el Valencia saben mucho. Valencia Experience, Orange Market o varias de las empresas que han controlado el Levante en los últimos meses son buenos ejemplos. De hecho, las investigaciones de la prensa local no apuntan a nada halagüeño, sino más bien a una maniobra (una más) por parte de Soler y Soriano para detener una ampliación de capital que les haría perder el control del club y, sobre todo, mucho dinero.
Parece un guión de una comedia de enredo, con muchos chistes, risa fácil y sal gorda. Pero, desgraciadamente, es la realidad en la que vive inmerso un club que ni siquiera genera ilusión entre sus aficionados.

PACO GISBERT