Cuando se le pregunta a un niño lo que quiere ser de mayor, suele responder que futbolista. El niño juega al fútbol en el patio de su colegio o en la calle, disfruta practicando de manera tosca ese deporte y, en su visión lúdica de la vida, piensa que, si aquello que le gusta hacer lo puede prolongar durante toda su existencia, vivirá en un permanente estado de satisfacción. Además, los ojos de un niño ven que los futbolistas son gente famosa, aparecen casi todos los días en la televisión, son idolatrados por los demás mortales y viven en una opulencia que contrasta, por regla general, con la que respira en su ambiente más cercano. Para los niños, el fútbol es diversión, una de las diversiones más a mano, y su concreción pública son quienes lo practican: tipos ricos, famosos y bien considerados por la sociedad. Ningún niño respondería que de mayor quiere ser físico nuclear, registrador de la propiedad o actor porno, por mucho que en esas profesiones un adulto pueda ser tan rico y tan famoso como un futbolista, e incluso su carrera profesional pueda ser más longeva que la de jugador de fútbol.
Los pocos que logran ser futbolistas de mayores son aquellos que han sacrificado parte de su niñez y adolescencia en trabajar sobre las virtudes balompédicas que poseen, que han tenido un poco de suerte en los equipos en los que han ido a caer en ese proceso de formación y que, cuando les llegó la hora de la verdad, esgrimieron un carácter suficiente como para salir airosos del trance y decidir que con el fútbol se podían ganar la vida. Los futbolistas también soñaban con ser futbolistas cuando eran niños pero, al revés que la mayoría de los críos que dan patadas sin sentido a un balón en los patios de los colegios o en los solares, tenían claro en qué equipo querían militar.
Cristiano Ronaldo es un buen ejemplo de ello. De pequeño, cuando vivía en una paupérrima casa en la isla de Madeira, soñaba con jugar en el Real Madrid, pese a que probablemente era incapaz de situar Madrid en un mapa del mundo. Así lo ha manifestado públicamente y así se ha hecho eco la prensa madrileña durante todo este verano, en el que hemos conocido, con profusión de datos, todo sobre el astro portugués. Sabemos a quien adora (a su madre), qué coche conduce (un Ferrari), cuál es su comida favorita (la sopa), a quien se folla (Paris Hilton) y qué ropa interior lleva (Calvin Klein, por supuesto). Con ese aluvión de datos y tal repercusión mediática, lo más probable es que, el día que padezca de diarrea, las televisiones de toda España interrumpan su programación para retransmitir en directo cómo caga el hombre que cuesta 94 millones de euros.
No es el único futbolista que albergaba en su interior una especie de clarividencia sobre lo que iba a ser su futuro. Salvo excepciones, cuando un jugador de fútbol llega a un nuevo club, sea el Madrid, el Barcelona o el Real Unión de Irún, confiesa en su primera comparecencia pública que, con su nuevo contrato, se ha cumplido un sueño. No sería de extrañar que, ante tanta pasión infantil desbordada, alguno se equivocara, como Trillo cuando gritó aquello de “Viva Honduras”, y confesara que su sueño siempre había sido jugar en el equipo rival al que lo acaba de fichar.
Esas confesiones, de las que nadie osa dudar, son, en el fondo, armas de doble filo. Porque el aficionado, que tiene buena memoria para los aspectos sentimentales del fútbol, no olvida las manifestaciones de afección de los futbolistas hacia sus clubes y, cuando pelean por irse a otro club que les paga más y les ofrece una perspectiva profesional más halagüeña (y en el que declararán de nuevo que fichar por ese nuevo club cumple su sueño infantil), los tilda de mercenarios y de no haber dado todo por el equipo en el que soñaban jugar de pequeños. Pero quizás los seguidores de un club de fútbol son los únicos que continúan pensando que el futbolista se mueve por impulsos sentimentales, como ellos, y que, en la vida de un jugador de fútbol, el corazón está por encima de la cabeza o la cuenta corriente. Son los únicos que piensan como cuando eran niños y soñaban con jugar en el equipo de su alma.
PACO GISBERT |