Desde la eclosión del deporte profesional como espectáculo de ocio para el público, a comienzos del siglo pasado, los gobernantes de todas las naciones comprendieron la enorme capacidad de éste como instrumento político. Mussolini lo sabía cuando convirtió el Mundial de fútbol de 1934 en un inmenso escaparate mundial para ensalzar las virtudes del fascismo y Hitler perfeccionó dicha práctica en los Juegos Olímpicos de 1936, cuando sólo un negro llamado Jesse Owen logró desmentir la supuesta superioridad de la raza aria al ganar tres medallas de oro delante de las narices del sanguinario dictador. El deporte como arma propagandística no fue exclusivo de los regímenes fascistas, sino que fue bendecido por las dictaduras comunistas para reforzar sus tesis sobre el trabajo colectivo auspiciado por el Estado y, desde el farmacéutico éxito de la República Democrática Alemana y otros países del Telón de Acero hasta los planes de entrenamiento de Cuba o China, ha sido una de las marcas de identidad cara al exterior de las naciones que, en la segunda mitad del siglo XX, se rigieron por el pensamiento político de Marx.
Pero el deporte no sólo ha servido como eficaz instrumento de propaganda para la política, sino que ha sido, en muchas ocasiones, el detonante de importantes cambios en el rumbo de la historia de países y continentes. Estas últimas semanas hemos recordado dos acontecimientos que convirtieron al deporte en motor de importantes cambios políticos. Uno de ellos, la llamada «guerra del fútbol» entre Honduras y El Salvador, ha quedado para la historia como uno de los conflictos más tristes y absurdos de la humanidad, tal y como lo describió en su momento el periodista Ryszard Kapuscinski en un extraordinario reportaje del que hablaremos la semana próxima. El otro, mucho más positivo, ha encontrado su fabulación narrativa en «El factor humano», el libro en el que el periodista John Carlin analiza los cambios políticos en Suráfrica con un partido de rugby como eje.
Todo sucedió en el mes de junio de 1995. Tras casi medio siglo inmerso en uno de los regímenes políticos más vergonzosos que ha podido vivir la raza humana, el apartheid, Suráfrica comenzaba un complicado proceso de reconciliación nacional que pretendía que blancos y negros, separados por un odio y una desconfianza mutuos durante décadas, hicieran de la democracia y el respeto a los derechos humanos los pilares de un nuevo orden constitucional. Nelson Mandela, el veterano dirigente del Congreso Nacional Africano que había pasado 27 años de su vida encarcelado por luchar por la libertad de los negros surafricanos, fue el carismático autor de ese cambio. Desde la cárcel, Mandela negoció en secreto con el gobierno de la minoría blanca para buscar una salida consensuada a un conflicto anacrónico, que consideraba a la mayoría de los habitantes del país como animales. Mandela logró su objetivo gracias a su talante y su trabajo, y se convirtió en 1994 en el primer presidente negro de la historia de Suráfrica. Pero su llegada al poder no fue el fin de todos los problemas que sufría el país austral. La desconfianza era un lugar común entre blancos y negros y, pese a la apariencia de democracia, quedaba mucho camino por recorrer.
Mandela vio que la Copa del Mundo de Rugby de 1995 era la ocasión ideal para fusionar a las dos razas que tenían que convivir en el futuro en suelo surafricano. El rugby, un deporte exclusivo de los blancos de origen holandés que dominaron el país durante decenios, había sido utilizado como arma arrojadiza por ambos bandos años atrás, cuando la oposición negra presionó a los organismos internacionales para excluir a los Springboks de cualquier competición e incluso llegó a provocar el boicot de gran parte de los países del África negra a los Juegos Olímpicos de Montreal por culpa de una gira de la selección surafricana por Oceanía.
Gracias a su habilidad y su capacidad para jugar con la simbología, Mandela consiguió que aquel Mundial de rugby, el primero en el que participaba su país y que organizaba gracias a las gestiones del político, se convirtiera en el mejor escenario para la reconciliación nacional. Se disfrazó de apasionado aficionado al rugby y, con ello, arrastró a los negros surafricanos a un sentimiento común con los blancos. Pero, además, con su gesto y sus actuaciones, se ganó la confianza de la poderosa minoría de su país, recelosa de que los cambios políticos acabaran en una venganza que, por otra parte, habría tenido cierta justificación después de años de humillaciones y muertes a la población negra. Contra todo pronóstico, Suráfrica ganó aquella Copa del Mundo y su triunfo fue algo más que una hazaña deportiva. Fue la culminación de una conquista que unos años atrás parecía imposible y que, en el relato de Carlin, parece uno de esos argumentos de Hollywood. Si no fuera porque reflejaba la realidad.
PACO GISBERT |