La selección salvadoreña que disputó el Mundial de 1970 (Foto: Turia).
LA GUERRA DEL FÚTBOL

El deporte no sólo es un instrumento para lograr la cohesión social, como consiguió Nelson Mandela en Suráfrica al convencer a la mayoría negra para que apoyara a los Springboks en la Copa del Mundo de Rugby de 1995, en aras a cimentar la unidad de la nación. El deporte también ha jugado, a lo largo de la historia, el papel contrario: el de detonante de un conflicto. El paradigma de esta triste función del deporte sucedió en tres escenarios, durante el mes de junio de 1969. Honduras y El Salvador, dos pequeños países centroamericanos, se jugaban en una eliminatoria a doble partido su presencia en el Mundial que se iba a disputar en México el año siguiente. Ninguno de ellos había conseguido jamás estar presente en la máxima competición de selecciones de fútbol, pues el puesto que la FIFA otorgaba a la CONCACAF, en la que se encuentran integrados, pertenecía, casi de manera vitalicia, a México, el equipo más potente de la zona. Pero el hecho de que los mexicanos organizaran el Mundial abrió la puerta a las dos modestas selecciones para entrar en la fase final del torneo.
Ambas naciones mantenían entonces una enconada rivalidad cuya principal causa era demográfica. La poco poblada Honduras acogía en su territorio a miles de salvadoreños que huían de la pobreza de su país, con la mayor densidad de población de toda América Latina, y a los que los hondureños los consideraban ciudadanos de segunda. Las tensiones entre ambos gobiernos por el flujo de ilegales, permitida por El Salvador y censurada por Honduras, desencadenó en una guerra que se encendió con la mecha de aquella eliminatoria.
El partido de ida se jugó el 8 de junio en Tegucigalpa. Miles de hinchas hondureños montaron guardia ante el hotel donde se alojaba la selección de El Salvador con el firme propósito de no dejar dormir a nadie la víspera del partido. Consiguieron su objetivo pues, aunque El Salvador resistió heróicamente el acoso del equipo rival, un gol de Cardona, el futbolista hondureño más famoso por su militancia en el Atlético de Madrid, al límite del tiempo reglamentario puso en ventaja a su equipo. La vuelta se jugó una semana más tarde en San Salvador y los prolegómenos del encuentro fueron similares a los del partido de ida. Ávidos de venganza, los hinchas salvadoreños sitiaron el hotel donde se hospedaba el equipo contrario, rompieron los cristales de las habitaciones y lanzaron a su interior huevos podridos, ratas muertas y trapos apestosos. Como en la ida, el equipo despierto, ahora El Salvador, ganó al dormido, Honduras, sólo que por un cómodo 3-0. Pero, como en aquellos tiempos no contaba la diferencia de goles, hubo que recurrir a un partido de desempate. El partido de jugó en México y dio la clasificación para el Mundial a El Salvador, que ganó 3-2 una confrontación en la que los dos equipos estaban despiertos. Entonces estalló la guerra.
Aquel conflicto, que duró sólo cien horas, ha quedado para la historia gracias al relato del periodista polaco Ryszard Kapuscinski, quien vivió en primera persona desde Honduras los avatares del conflicto. Con su extraordinaria prosa, Kapuscinski cuenta en “La guerra del fútbol”, el título de su reportaje y la etiqueta con la que sería conocida desde entonces aquella contienda, cómo dos países tan poco relevantes para las grandes potencias coparon las primeras planas de los diarios de todo el mundo durante cinco días, cómo los soldados de los dos bandos luchaban sin saber muy bien qué defendían y cómo, en ocasiones, la guerra sirve para calzar a la numerosa familia de un campesino analfabeto de Honduras. Kapuscinski narra con brillantez la guerra más absurda de la historia, partiendo de la idea de que todas las guerras son absurdas, y sus consecuencias para una población que asistía incrédula a una batalla iniciada en los terrenos de juego.
Pascal Boniface en su artículo “Geopolítica del fútbol”, incluído en el libro “Fútbol y pasiones políticas” dice que pensar que el balompié fue el responsable de la guerra entre Honduras y El Salvador de 1969 es pecar de reduccionismo. Pero lo cierto es que el deporte, en aquella ocasión para mal, tuvo mucho de instrumento para cambiar el rumbo de la Historia. Aunque, como señala Kapuscinski al final de su reportaje, aquella contienda no sirviera más que para dejar un reguero de muertes inútiles.

PACO GISBERT