Dani Jarque, jugador del Espanyol fallecido recientemente (Foto: Turia).
MUERTE SÚBITA

Entre 1995 y 2006, 180 deportistas fallecieron en España a causa de la “muerte súbita”, una forma de fallecimiento natural por la que el afectado pierde el pulso, la conciencia y la respiración de una forma repentina y sin que existan motivos aparentes para que se produzca. De los 180 deportistas, 84 eran futbolistas, el deporte que mayor número de casos registró en ese periodo de tiempo. La gran mayoría de los fallecidos eran futbolistas anónimos, gente que combina esa vocación futbolera que los hacía soñar de pequeños con llegar a ser figuras del balompié con un trabajo remunerado y llenan su cuota de pasión jugando en un equipo de regional. Futbolistas sin nombre que sólo salen en los periódicos el día que mueren de manera accidental. Como la mayoría de lo seres humanos.
Esa estadística que dice que más de 15 personas al año mueren de manera sorpresiva mientras practican un deporte se convierte en noticia cuando uno de los fallecidos es un futbolista de renombre. Ocurrió la semana pasada, el día en que Dani Jarque, jugador del Espanyol, murió durante la concentración de su equipo en Italia, sin que nadie se explique por qué se produjo el fatal desenlace.
Jarque era un chico “sano”, según se han encargado de recalcar todos los medios de comunicación tras conocer la noticia. Esto quiere decir que, al menos por lo que se sabe, no fumaba canutos como Mágico González, ni bebía alcohol por hectólitros como Paul Gascoigne, ni se metía cocaína por la nariz como Diego Maradona. Tampoco parecía llevar una vida disoluta, como muchos jugadores jóvenes que, obnubilados por su fama y su dinero, queman la noche cada vez que pueden y follan como si fueran actores porno en época de bonanza. Jarque iba a ser padre el próximo mes de septiembre y llevaba una existencia de lo más aburrida: entrenaba con su equipo, pasaba el tiempo con su pareja y jugaba los domingos con el Espanyol si el técnico consideraba que debía alinearlo, lo que sucedía con mucha frecuencia. Pero el sábado pasado se encontró mal mientras hablaba con su compañera por teléfono, se desmayó y su corazón dejó de latir. Falleció de muerte súbita.
Como la información deportiva se parece cada vez más a la prensa rosa, los periodistas especializados han comenzado a buscar las causas de tan repentino óbito. Hay quien ya ha esgrimido al dopaje, ese fantasma que recorre el deporte y que, sólo en casos muy puntuales, ha asustado al fútbol, como una presunta razón para la muerte del defensa españolista. Sin pruebas, naturalmente, entre otras cosas porque el fútbol es una disciplina en la que los controles son muy esporádicos y no tienen nada que ver con los que se somete a ciclistas o atletas, verdaderos conejillos de indias de la lucha contra el dopaje en el deporte. Otras voces apuntan directamente a los apretados calendarios que padecen los futbolistas profesionales, quienes no cesan de jugar y entrenar durante 11 meses del año y a lo largo de una decena de años de su vida. Parte de razón tienen esas voces, ya que los intereses económicos de las federaciones, clubes u organismos deportivos prevalecen en demasiados casos sobre los intereses y la salud de los jugadores, aunque hay un dato que los despoja de sus argumentos: en la liga inglesa, la que mayor actividad registra de todo el mundo, no se han producido muertes súbitas desde hace más de 20 años.
Es más fácil pensar que Jarque murió porque el deporte profesional es, en el fondo, una actividad de riesgo. Según las investigaciones, los deportistas no profesionales (aquellos que juegan al fútbol con los amigos una vez a la semana para después irse de cena e inflarse de cervezas) tienen un riesgo del 0’7 por mil de padecer muerte súbita, mientras en que los profesionales (quienes se juegan sus millonarios jornales diariamente) el riesgo asciende al 1’6 por mil. Jarque, cuyo caso sólo presenta semejanzas de tipo afectivo con el del sevillista Antonio Puerta (ambos eran jóvenes, procedían de la cantera de sus clubes e iban a ser padres), fallecido hace ahora dos años, murió porque formaba parte de ese grupo de riesgo. Porque se le paró el corazón y nadie supo las razones. Una desgracia que nos muestra la fragilidad de la vida humana, sobredimensionada cuando la sucede a alguien famoso, pero que no deja de ser un fenómeno cotidiano que puede pasarle a cualquiera.

PACO GISBERT