No queda nadie vivo que pueda corroborar que José María Belausteguigoitía, conocido futbolísticamente como Belauste, gritó la frase que ha pasado a la historia como lema de la “furia española”. Aquel “A mí el pelotón, Sabino, que los arrollo” que se convertiría en orden y que sirvió para iniciar la jugada del gol del empate ante Suecia que daría a España la medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Amberes, en 1920. Cuentan las crónicas que Sabino Bilbao escuchó aquel grito y lanzó el balón al área para que Belauste, tras pararlo con el pecho, entrara en la portería del conjunto escandinavo con tres contrarios colgando de su cuerpo, una escena que nos parece, 90 años después, digna de una secuencia de dibujos animados. Ese episodio, transformado en leyenda, ha ejemplificado, más que ninguno, el tópico de la furia española cuando, curiosamente, su protagonista era un declarado nacionalista vasco. Pero nadie puede afirmar que sea cierto, que, como en El hombre que mató a Liberty Valance, entre la realidad y la leyenda, nos hayamos quedado con ésta última, porque en 1920 no había televisión que registrara aquellos momentos.
La televisión, un invento de finales del siglo XIX que comenzó su desarrollo a mediados del XX, nació con vocación de entretenimiento, de llenar los ratos de ocio con espacios de variedades, canciones y concursos. Con el tiempo, el cine fue ganando protagonismo en sus emisiones, pero las nuevas tecnologías, primero el vídeo, más tarde el dvd y ahora internet y las descargas de películas, acabaron por robarle a la televisión su papel difusor del cine lejos de las pantallas de las salas. El nuevo potosí de la televisión es el deporte, un entretenimiento que se retroalimenta de las retransmisiones por la pequeña pantalla y que, en pleno siglo XXI, ha alcanzado el estatus de tesoro para aquellas cadenas que apuestan por él.
De hecho, no hay competición o club deportivo que pueda sobrevivir sin la ayuda de la televisión. Cada vez tiene menos importancia, desde el punto de vista económico, la afluencia de espectadores a una competición deportiva o a un partido, con independencia del factor de presión ambiental que pueda ejercer el público en un encuentro de cualquier disciplina. Las competiciones se programan para que las televisiones puedan ofrecerlas en directo y, hoy en día, la sobredosis de acontecimientos deportivos que se presentan a los ojos del telespectador es ciertamente abrumadora.
El fútbol, como deporte rey, es el principal beneficiado de esta dependencia de la televisión que vive el deporte. Cuando, en 1977, Pasieguito viajó a Rosario para ver a un futbolista argentino del que tenía excelentes referencias y volvió a Valencia con el contrato de Mario Kempes bajo el brazo, poco podía imaginar el técnico vasco que sólo 30 años más tarde su aventura formaría parte de la prehistoria. En los tiempos que corren, cuando los canales emiten todas las ligas europeas y suramericanas, ningún futbolista supone una sorpresa para los cazatalentos. Hasta el punto de que la mayoría de los clubes fichan a sus jugadores después de haber visto varios vídeos y sin moverse del salón de su casa.
Pero el fútbol también es caballo de Troya en las batallas políticas. Primero con el PSOE, cuando concedió una de las licencias de televisión a Prisa y abrió la veda del fútbol de pago; más tarde con el PP, quien intentó por vía judicial y periodística despojar a Prisa de los derechos televisivos de la liga española en beneficio de la plataforma afín, Vía Digital; y ahora de nuevo el PSOE, que acaba de aprobar la Tdt de pago para, según los medios de Prisa, favorecer a Mediapro y La Sexta. Gobiernos que llegaron a regular el fútbol como un asunto de estado e incluso promulgaron leyes de interés general para determinadas retransmisiones en vivo y en directo. Peleas políticas que confirman que el deporte, en general, y el fútbol, en particular, son golosos dulces en manos de los operadores televisivos para seguir regalando el opio al pueblo y para hacer realidad esa norma de que lo que no sale en televisión no existe. Como aquel gol del nacionalista vasco que forjó una leyenda imposible.
PACO GISBERT |