Xavi calebrando con Villa un gol de la selección española (Foto: Turia).
ESPAÑA MOLA

Pertenezco a una generación de aficionados al fútbol que nunca ha bebido los vientos por la selección española. En mi niñez, el equipo nacional era un penoso instrumento de propaganda política compuesto por futbolistas dictados por la prensa madrileña, que no ganaba nada ni por asomo y que tenía muy poca gracia a la hora de disputar sus partidos. En mi adolescencia y juventud, sólo aquella generación racial del “gol de Señor”, los doce tantos a Malta, las patadas de Goicoetxea, la flor de Miguel Muñoz y los goles de Butragueño me despertó algunas simpatías. No porque fuera un equipo que practicara un fútbol brillante (de hecho, Francia o Brasil eran conjuntos que daba gusto verlos jugar), sino por su extraña mezcla de carniceros de la rancia tradición de defensas españoles, como Goicoetxea o Camacho, con jugadores de talante pijo, que te los imaginabas más tras un despacho de una potente empresa de marketing viral que jugando al fútbol, caso de Butragueño. Michel, Martín Vázquez o Francisco. Después llegó esa España desnaturalizada, en la que nadie sabía exactamente a qué se jugaba, y que cambiaba de cara según los biorritmos del entrenador de turno. Esa España condenada a llegar en todas las competiciones a cuartos de final y caer eliminada por las más peregrinas razones. Hoy el codo de Tassotti, mañana Zubizarreta que no paraba un penalti ni aunque se lo tirara su abuela, al otro día un árbitro egipcio con apellido de rufián. Para colmo, España no era ni siquiera un equipo simpático, como esa Holanda multirracial y educada, que al fin y al cabo corría la misma suerte, sino un plantel con pinta de personajes de las trastiendas de las películas de gangsters. Si a eso sumamos las dificultades en tener lo que un conocido mío definió como “dos pasiones irracionales” a la vez, el Valencia y la selección, se puede entender que para mí, como para muchos de mis coetáneos, el equipo nacional me haya importado más bien poco. Era, como mucho, una molestia que interrumpía ligas, lesionaba jugadores o cansaba a las figuras de mi equipo.
Pero algo ha ocurrido para que me haya hecho fan de la selección española. Ha llegado una generación de futbolistas que no se parece en nada a sus predecesores. No son conformistas, no están tocados por ese pesimismo fatalista que los hacía exhibir una permanente cara de tristeza ni tienen el aspecto de matones de barrio o espabilados de clase media que ha caracterizado al futbolista español. Para acabar de arreglarlo, es un equipo que gana, que juega bien y que transmite algo muy difícil de encontrar en el fútbol moderno: la sensación de que se lo están pasando bien en el terreno de juego. Ante la tradición secular española del fútbol como sufrimiento, curiosamente mucho más anglosajona que latina, la selección actual propone alegría, el gozo de tener un balón con el que jugar y no cedérselo jamás al contrario.
La España que mola tiene además planta de equipo moderno. Sus componentes ya no son aquellos tipos aburridos que apenas sabían hilar tres tópicos seguidos en una entrevista, sino gente que, cuando habla, lo hace con un mínimo de gracia. Dicen las mismas tonterías, pero da más gusto oírlos. Con la excepción de Pujol, quien representa el eslabón perdido con anteriores generaciones, los jugadores tienen pinta de tíos modernos, de esos con los que te irías a tomar una copa para charlar sobre temas tan interesantes como el último videojuego de la Playstation o el modelo de teléfono móvil que incorpora cámara de vídeo de alta definición. Es un equipo aseado, tanto por su forma de jugar como por el aspecto de sus jugadores.
Esa España está, al escribir estas líneas, a un paso de certificar su clasificación para el Mundial de Suráfrica del año que viene. Una cita a la que acudirá con el cartel de favorita, después de su deslumbrante triunfo en la pasada Eurocopa y su impresionante racha de victorias en los dos últimos años. Lo suficiente para que esa generación que ha trasnformado a varias generaciones escépticas con valores como la furia española y los dos cojones en seguidores de la selección española demuestre si va a pasar a formar parte de la historia del fútbol. Si no es así, tampoco pasaría nada. Nos quedaremos con lo que nos ha hecho disfrutar.

PACO GISBERT