Hace un par de semanas conté en estas mismas páginas mi visión sobre la transformación que, en varias generaciones de españoles, se había operado respecto a la selección nacional de fútbol con el advenimiento de una nueva y joven que rompía con todos los tópicos aplicables a nuestro fútbol. Pero antes de que apareciera esa generación de futbolistas que puede doctorarse en Sudáfrica, hubo un equipo nacional que marcó el camino: el de baloncesto.
Al revés que el fútbol, el baloncesto ha sido tradicionalmente un deporte practicado por gente más o menos culta. Los jugadores que ganaron la primera medalla de oro, en el lejano campeonato de Europa de Barcelona, en 1973, provenían, en su mayoría, del ámbito universitario. Los Buscató, Margall, Brabender, Luyk o Emiliano tenían un aspecto muy diferente al de los futbolistas de su época. Rompían el mito del español bajito, subdesarrollado y pícaro que era el retrato robot de los futbolistas y, con un conjunto basado en el entonces todopoderoso Real Madrid, dieron al baloncesto español su primera alegría como selección. Años después, la siguiente cosecha de jugadores acabaría por consolidar el tirón del baloncesto en España gracias a dos subcampeonatos: el de Europa, en Nantes, en 1983, y, sobre todo, el de los Juegos Olímpicos de Los Angeles, al año siguiente. Los Romay, Iturriaga, Corbalán, Epi o Solozábal sólo sucumbieron ante la mejor selección universitaria de la historia de los Estados Unidos, donde jugaban Jordan o Ewing, y, con su éxito, pusieron al deporte de la canasta al nivel del fútbol, algo impensable unos años antes. Aquellos triunfos sirvieron, entre otras cosas, para propiciar el nacimiento de una liga profesional en nuestro país, la primera de deportes de equipo que se fundaba en España, y abrieron la vía para la popularización del baloncesto en todos los estamentos sociales.
Sin embargo, tuvieron que pasar quince años para que el baloncesto español comenzara su conquista de la élite mundial. En 1999, una selección de transición, en la que estaban Dueñas, Herreros, Alfonso Reyes o el edetano Nacho Rodilla, repitió plata en el Europeo de Francia. Dos meses después, el equipo nacional junior lograba el, hasta ese momento, mayor triunfo de la historia del baloncesto nacional: el oro en un mundial, tras ganar a los Estados Unidos en la final de Lisboa. En aquel equipo jugaban unos imberbes Pau Gasol, Raúl López, Juan Carlos Navarro o Carlos Cabezas.
Esa base comenzaría a tocar el cielo en septiembre de 2006, cuando acudió al Mundial de Japón con un equipo plagado de incógnitas. Algunos jugadores habían probado suerte en la NBA, un hecho hasta entonces anecdótico en el baloncesto español, pero sólo Pau Gasol se había consolidado en la mejor liga del mundo y nadie conocía el verdadero potencial del grupo. Con Pepu Hernández como entrenador, el equipo nacional maravilló al planeta con un juego alegre y un poderío en todas las facetas del juego que llegó a ser insultante en la final, en la que apalizaron a Grecia por 23 puntos de diferencia. Tras volver a tropezar en el Europeo de 2007, pese a jugar en casa, la selección española se acabó de doctorar en los Juegos Olímpicos de Pekín. No porque ganara a sus rivales con solvencia, algo previsible después de su éxito mundialista, sino porque fue el único equipo capaz de plantar cara al segundo mejor equipo de todos los tiempos que ha reunido Estados Unidos, en una final inolvidable que ya forma parte de la historia de este deporte. A los “chicos de oro” que llevaban jugando juntos desde Lisboa, se añadieron Rudy Fernández, Marc Gasol o Ricky Rubio, como complemento para formar un equipo casi imbatible, que ya dirigía Aito García Reneses.
El domingo pasado, este grupo de jugadores irrepetible saldó una deuda con la historia al ganar el Europeo de Polonia. Lo hizo en un torneo en el que comenzó con demasiadas dudas, quién sabe si demasiado encorsetado por la rigidez táctica que imponía el tercer entrenador que la ha dirigido en tres años, Sergio Scariolo, y que culminó dejando la sensación de que sólo Estados Unidos está a su nivel en el planeta.
PACO GISBERT |