Diego Armando Maradona, actual entrenador de la selección argentina (Foto: Turia).
¿Y SI DIEGO TUVIERA RAZÓN?

Haber sido un gran futbolista no garantiza ser un gran entrenador. Cruyff o Di Stéfano fueron ambas cosas, Pelé nunca se sentó en un banquillo como técnico y otras leyendas del fútbol, caso de Kempes, no pasaron de ser entrenadores discretos. En el lado contrario están Mourinho, Sacchi o Benítez, que no hicieron historia como buenos futbolistas pero que han desarrollado una extraordinaria carrera como directores técnicos.
Diego Maradona llegó a los banquillos de manera inesperada. Nadie sospechaba que aquel futbolista genial y polémico, tan amigo del balón como del lado más peligroso de la vida, encauzaría su futuro profesional hacia los banquillos después de una tortuosa carrera como jugador. Y menos todavía cuando, después de sus fracasados antecedentes como técnico del Deportivo Mandiyú y el Racing, fue designado seleccionador argentino en octubre de 2008. Parecía más un golpe propagandístico para levantar el ánimo de la selección nacional argentina que la apuesta firme por un técnico que pudiera devolver al país andino al primer plano del fútbol mundial.
Pero Maradona es algo más que un simple ex futbolista. En Argentina es un dios y los argentinos confiaron en que su calidad como jugador la traspasaría a los banquillos. Su debut como técnico de Argentina, en un partido de la fase de clasificación para el Mundial ante Venezuela, no pudo ser más esperanzador: Argentina ganó por 4-0 y consolidó sus aspiraciones para estar en Suráfrica en el invierno austral de 2010. Ahí acabaron las ilusiones de los argentinos. El camino que quedó hasta el final de los partidos clasificatorios de la zona suramericana no pudo ser más complicado para un combinado que, de los siguientes cuatro encuentros, sólo ganó uno y que se plantó en la penúltima jornada del torneo con más posibilidades de faltar a un Mundial, por primera vez en 40 años, que de intentar repetir los éxitos conseguidos en 1978 y 1986.
Fue entonces cuando los argentinos empezaron a pensar que podían haberse equivocado. Que la devoción que sentían por Maradona era un hecho del pasado, que Maradona podía haber sido el más grande futbolista que jamás haya pisado un terreno de juego, pero que, como técnico, no estaba capacitado para dirigir a su selección. Que dios, al fin y al cabo, sólo es divino en las cosas que sabe hacer. Maradona, por contra, se aferró a su leyenda. Hizo jugar a 80 futbolistas diferentes, cambió de sistema en todos los partidos y demostró que todavía está muy verde para asumir tamaña responsabilidad.
Hace dos semanas, Argentina se jugaba media vida con un Perú desahuciado, que había perdido todas sus esperanzas de estar en Suráfrica meses antes. Ganaba por la mínima cuando el conjunto peruano empató el partido en el último minuto y dejó al equipo de Maradona con un pie fuera del Mundial. En el descuento, Martín Palermo, un futbolista al borde de la jubilación al que Maradona recurrió como salvavidas para revitalizar a su equipo, acertó a meter la pierna en un barullo dentro del área y devolvió la esperanza a los argentinos. Cuatro días después, la Argentina de Maradona certificó su pase al Mundial en un partido feo, bronco y jugado con el cuchillo entre los dientes ante su vecino Uruguay. Maradona, al acabar el partido, arremetió contra la prensa que lo cuestionaba, los aficionados que dudaban de él y el mundo en general.
Diego Maradona debutará en un Mundial como entrenador en Suráfrica. Llegará a la cita cuestionado, sin que nadie confíe especialmente en su talento como técnico, pero confiado en que su plan, más intuitivo que académico, puede hacer campeón a su país de una Copa del Mundo 24 años después de que él, como jugador, liderara al último combinado argentino que ganó el torneo. Pero, ¿y si Diego tuviera razón?, ¿y si sólo necesitara tiempo para inculcar en sus jugadores su particular visión del fútbol? No sería la primera vez que un equipo potente con escaso atractivo gana el torneo cuando más arrecia el temporal de críticas y Maradona lo sabe. Sabe que es su oportunidad de seguir siendo una divinidad para sus compatriotas.

PACO GISBERT