La palabra de moda en los últimos doce meses ha sido crisis. La crisis económica, provocada por la crisis bancaria y la crisis inmobiliaria, ha dado lugar a una crisis en el mercado de trabajo y en el consumo que ha conseguido familiarizar a todo el mundo con términos como recesión, crecimiento negativo o reactivación económica, pero, sobre todo, con la palabra crisis.
Las crisis en el fútbol no tienen nada que ver con cuestiones económicas, pese a que la gran mayoría de los clubes estén en una situación financiera todavía peor que la de los trabajadores de a pie. Las crisis en el fútbol son de resultados, de cumplimiento de las expectativas y hasta de estética en la forma de ganar los partidos. Y se arreglan de las maneras más diversas: con la destitución de un entrenador, con medidas disciplinarias de diversa índole e incluso con un buen resultado.
Esta banalización del término se ha puesto de manifiesto en las dos últimas semanas en los dos grandes del fútbol español. Probablemente, la prensa de Madrid y Barcelona pensaba que tanto el Real Madrid como el Barça ganarían todos los partidos de la temporada y, como mucho, cederían algún punto ante su máximo rival. Por eso, ahora que el Madrid ha encadenado dos derrotas y un empate en los últimos cuatro encuentros, la prensa capitalina ha comenzado a hablar de crisis, ha cuestionado el trabajo de Manuel Pellegrini al frente del equipo y comienza a plantearse si el único fichaje realmente rentable de cuantos ha hecho el club blanco era el más caro: el del portugués Cristiano Ronaldo. Parte de la culpa de esa obsesión crítica la tiene que uno de los partidos en los que el Madrid manifestó sus supuestas debilidades fue en el Bernabeu ante el Milan, bestia negra del madridismo desde que, hace dos décadas, el equipo que entonces dirigía Arrigo Sacchi dejó en evidencia a la mejor generación de jugadores surgidos de la cantera blanca.
La crisis madridista se aplacará el día en que el conjunto de la capital resuelva un partido con suficiencia y buen juego, aunque sea ante un rival de medio pelo. Eso es exactamente lo que le ha ocurrido al Barcelona, que también estuvo sumido en una presunta crisis tras sumar un empate y una derrota en sus dos últimos partidos. Huelga decir que la igualada la consiguió en Mestalla, ante un Valencia hipermotivado que unió a su calidad el descubrimiento de cómo jugarle al Barça con sus propias armas, al igual que ya había hecho el año anterior, y la derrota se produjo ante un rival ruso con el que, con toda seguridad, no acabará disputando la final de la Liga de Campeones. La crisis culé, que llevó consigo los tan habituales anuncios de final de ciclo y revisión del esquema de juego, tan recurrentes, por otra parte, entre los barcelonistas, quedó abortada el pasado domingo con un balsámico triunfo ante un Zaragoza que parecía de broma.
Las crisis serias las pasan aquellos clubes que no cumplen sus expectativas, aunque sólo se haya disputado una quinta parte de la temporada. Y la forma de resolverlas es, como siempre en el fútbol, variada. El Atlético de Madrid, por ejemplo, suele zanjar sus crisis de manera incendiaria desde que la familia Gil tomó las riendas del club, hace más de 20 años. Aunque el patriarca de los Gil esté criando malvas y la presidencia de la entidad la ostente el productor cinematográfico Enrique Cerezo, los hábitos no han cambiado: cuando todavía no se había llegado a la octava jornada de liga, el club del Manzanares prescindió de Abel Resino, el técnico al que recurrió de urgencia el año pasado cuando se avecinaban los partidos finales (a costa de un Castellón que perdió sus opciones de ascenso y todavía no se ha recuperado del trance) para que lo clasificara para la Champions. Ahora llega Quique Sánchez Flores como salvador, cuando el bueno del Faraonito ha enlazado despidos desde que dejó el Getafe hace cuatro años.
La otra cara de la moneda tiene como efigie al Villarreal, un club acostumbrado a hacer las cosas con paciencia y que ha sido fiel a sus principios. Apostó por Ernesto Valverde cuando Pellegrini se marchó al Real Madrid y, pese a que el equipo atraviesa una profunda crisis de resultados, sigue confiando en el técnico al que dio la batuta para dirigir el equipo que ha ido modelando desde hace años. No suelo hacer previsiones, pero me atrevería a apostar que, al final de esta liga, el Villarreal, con paciencia para resolver su crisis, estará por encima de todos aquellos que optan por la urgencia para salvar sus incendios.
PACO GISBERT |