Hace unos días, los medios de comunicación resaltaban la noticia de que Lubo Penev, ex jugador del Valencia y actual entrenador del CSKA búlgaro, el equipo en el que se formó antes de llegar a España, había sancionado a nueve futbolistas de su plantilla por sus salidas nocturnas. En principio, dicha noticia no debería de ser diferente a cualquier otra en la que un técnico impone la disciplina en el vestuario de su equipo castigando a aquellos jugadores que han contravenido sus normas internas. Pero el pasado, muchas veces, juega en contra de quienes han sido cocineros antes que frailes.
Luboslav Penev llegó a Valencia hace ahora veinte años, en octubre de 1989, procedente del club búlgaro del que ahora es entrenador. Un mes antes de la caída del muro de Berlín, el fútbol búlgaro estaba envuelto en ese secretismo inquietante que caracterizaba a todos los países comunistas del Este de Europa. Penev (quien, nada más llegar a España y conocer las implicaciones sexuales de su apellido en nuestra lengua pidió ser llamado simplemente Lubo) era fruto de aquel secretismo. Sobrino de uno de los gobernantes del fútbol en su país, había conseguido una alta graduación en el ejército sin tener que empuñar jamás un arma, sólo por sus méritos en el equipo de las fuerzas armadas búlgara. El Valencia que entonces presidía Arturo Tuzón y entrenaba Víctor Espárrago se fijó en él y en otro de sus compañeros en aquel equipo, un delantero culibajo, descarado y que respondía al nombre de Hristo Stoichkov. Las autoridades búlgaras sólo dieron permiso para que uno de ellos abandonara el equipo del ejército y el elegido fue Penev.
Lubo llegó a España como Paco Martínez Soria aterrizaba en la gran ciudad en las películas de mediados de los 60. Por primera vez vivía en un país de economía capitalista, muy lejos de las incomodidades que soportaba en Bulgaria, pese a que por su condición de deportista de élite su vida era un paraíso comparada con la de la mayoría de sus compatriotas. Muy pronto descubrió que el fútbol español no respetaba las jerarquías como en Bulgaria y que tendría que pelear con muchas defensas para labrarse un prestigio en su nuevo lugar de trabajo. También descubrió los placeres del capitalismo: un flamante coche, una casa de lujo y una vida acomodada que le proporcionaba la posibilidad de adquirir cualquier objeto que le apeteciera. Y que, en España, si eres joven, rico y futbolista, tienes muchas más posibilidades de acostarte con una mujer que si eres un pobre emigrante búlgaro que trabaja arreglando grifos. Comenzó a frecuentar la noche, a pasear con su deportivo por los alrededores del Parterre (creía entonces que era el lugar indicado para conseguir sexo de pago) y a ofrecer su porte de nuevo rico por las discotecas más caducas de la ciudad.
Pero el rendimiento de Penev sobre el campo nunca se resintió de su agitada vida nocturna. Fue de esos jugadores, como Kempes, Romario o Claudio López, cuyas prestaciones sobre el terreno de juego acuñaron una frase lapidaria desde la grada: “si juega así, que salga todas las noches que quiera”.
Ahora Lubo Penev es entrenador y ve los toros desde la barrera, o mejor dicho, el fútbol desde el banquillo. Lo que le parecía normal para un joven veinteañero con ganas de divertirse, ahora es reprobable. Sufre el tributo que la vida aguarda a aquellos que fueron futbolistas y ahora son entrenadores. Gente como Quique Sánchez Flores, también un ilustre noctívago, quien nunca llegó a dominar un vestuario porque le pesaba su pasado. De Unai Emery, quien salía de fiesta los jueves con sus futbolistas durante su primera temporada al frente del Valencia y comprendió bien pronto que de esa manera no podría mantener el respeto que exige todo entrenador a su plantilla. De tantos y tantos entrenadores que quemaron su juventud de futbolistas en discotecas y bares y nunca pensaron que, algún día, cuando fueran padres, comerían huevos.
PACO GISBERT |