Desde hace más de medio siglo, nuestro país se enorgullece de tener la mejor liga de fútbol del mundo, pese a que los resultados internacionales, en más de una ocasión, hayan derribado dicho orgullo. Pero, en general, se puede afirmar que la liga española se ha repartido en estos últimos cincuenta años tal honor junto con las que se juegan en Italia e Inglaterra. En estos dos países, la fórmula para merecer el calificativo fue divergente. Inglaterra apostó por el producto autóctono de las Islas Británicas durante años y, aunque nunca cerró las fronteras a futbolistas extranjeros, la liga inglesa se consolidó, sobre todo en los años ochenta, como puntera en el fútbol mundial gracias a los jugadores nacidos en la Europa insular. Italia, por su parte, fue un paraíso para el futbolista foráneo durante toda la historia, pese a que el esquema de juego de los conjuntos transalpinos no favorecía demasiado el brillo de los mejores jugadores del mundo.
España adquirió la etiqueta de mejor liga del mundo cuando abrió las fronteras a los futbolistas de fuera. Si, en la década de los cincuenta del siglo pasado, la legión extranjera del Real Madrid o el Barcelona impulsó el prestigio de nuestra liga, el cierre de fronteras que se produjo en los sesenta le restó protagonismo en el concierto internacional. Desde 1973, España ha vuelto a abrirse a los futbolistas foráneos y, en consecuencia, a la loca carrera de los clubes por pagar precios astronómicos a quienes procedían del extranjero para dar más valor al campeonato en el ámbito europeo.
Pero la obsesión de los clubes españoles por contar con mano de obra internacional tenía su truco. Desde hacía tres años, España era el país en el que los futbolistas extranjeros pagaban menos impuestos de toda Europa, un hecho que los clubes ingleses e italianos denunciaron, por el agravio comparativo que suponía, ante la UEFA en numerosas ocasiones. La Ley 35/2006, de 28 de noviembre, permitía a los trabajadores extranjeros cuyos ingresos superaban los 600.000 euros tributar por un tipo impositivo inferior al que correspondía a los españoles que se encontraban en las mismas condiciones. Dicha ley, promulgada para atraer a nuestro país a trabajadores cualificados de otros países ahorrando una parte importante de su sueldo, que asumía el Estado, benefició principalmente a los clubes de fútbol, que contrataron jugadores a precios astronómicos con la seguridad de que su tipo impositivo era sólo del 24 %, 19 puntos menos que el que corresponde a los españoles, similar al que se aplica en los demás países europeos, que no hacen distinción entre foráneos y nativos.
El Gobierno aprobó hace una semana reformar dicha ley, en vista de la escasa utilidad que tenía para el fin con el que fue creada. Desde el 1 de enero de 2010, los futbolistas extranjeros tributarán igual que los españoles y, como en España existe la costumbre de que sean los clubes los que paguen los impuestos de los futbolistas, la modificación de la norma legal ha desatado la ira de la Liga de Fútbol Profesional (LFP), la asociación corporativa que organiza el campeonato, que amenaza con un hecho insólito: ir a la huelga, aunque a última hora han dado marcha atrás. Sería el primer caso en la historia de las reivindicaciones laborales en el que la patronal hace huelga, no sus trabajadores.
La LFP aduce que, con la reforma de la ley, el circo que han montado se les desmontará en cuatro días. Que la ventaja respecto a ingleses o italianos debe mantenerse para aumentar la competitividad del fútbol español en las competiciones europeas. Y lo hace curiosamente cuando el fútbol nacional está viviendo su edad de oro, con una selección campeona de Europa y favorita para ganar el Mundial de Sudáfrica del año próximo.
Los clubes están muy mal acostumbrados. Pese a que, en su mayoría, son sociedades anónimas deportivas, siguen gastando dinero a espuertas, sabedores de que, en caso de quiebra o ruina económica, pueden apelar al sentimiento popular (y populista) para que una administración, estatal, autonómica o municipal, los salve del apuro e inyecte dinero en sus arcas para seguir fichando extranjeros con el reclamo de una tributación fiscal ventajosa. Por fin, el Gobierno parece decidido a que el circo se acabe o, al menos, que tenga los leones y los tigres que se corresponden con el poder adquisitivo de nuestro país.
PACO GISBERT |