A lo largo de su siglo de historia como deporte profesional, el fútbol ha sido objeto de múltiples análisis para desentrañar cuál es el secreto de que una disciplina tan sencilla y rudimentaria (meter un balón a patadas en una portería) se haya convertido en el fenómeno global más importante de la última centuria. Al contrario que otros deportes más evolucionados o tecnificados, las reglas del fútbol permanecen inalteradas en esencia prácticamente desde que existe como disciplina competitiva y los cambios que ha sufrido el reglamento han afectado, sobre todo, a los porteros, el número de cambios y otras circunstancias menores del juego. Quizá por eso, el fútbol es el único deporte en el que no siempre gana el equipo que mejor juega, algo que ocurre con precisión milimétrica en la gran mayoría de deportes de equipo, sino aquel que mete más goles, normalmente pocos, en la portería contraria, sin entender de estadísticas, tiempo de posesión del balón o lanzamientos a puerta. El fútbol es tan imprevisible que un equipo de segunda división B, formado por jugadores semiaficionados, puede golear a un conjunto compuesto por los futbolistas mejor pagados del planeta y nadie piensa que el partido estaba amañado. El secreto del fútbol está ahí, en su imperfección en un mundo que busca continuamente la perfección, en su condición injusta, sea por los avatares del juego, sea por factores externos.
La semana pasada se resolvieron los partidos de las últimas eliminatorias de la repesca para acceder al Mundial de Suráfrica y uno de ellos se dirimió de la forma más polémica posible. En la prórroga del Francia-Irlanda, después de que los irlandeses lograsen igualar el marcador en contra que arrastraban desde el choque disputado en Dublín, el delantero galo Thierry Henry recibió un pase dentro del área, se acomodó el balón con la mano en dos ocasiones y acabó cediéndolo a Gallas para que su compañero marcara el tanto que clasificaba a los franceses para la cita mundialista del próximo verano. Esa jugada, a pocos minutos de la conclusión de un partido decisivo para la suerte de ambas selecciones, provocó un aluvión de comentarios y reacciones en los sectores más dispares de la sociedad, desde la alta política de los dos países, hasta el propio protagonista del lance, quien reconoció la existencia de una irregularidad reglamentaria en su acción y, tras pedir perdón, sugirió la repetición del encuentro para expiar su falta.
El vídeo del partido, ese Gran Hermano que, en un choque futbolístico, todo lo registra y observa en silencio las evoluciones de los futbolistas, demostró que Henry se comportó en el área irlandesa como un base de la NBA, ante la ceguera del árbitro y sus asistentes. De los millones de personas que vieron el partido, en directo o a través de la televisión, sólo tres no apreciaron mano en la acción del jugador del Barcelona. Y esas tres personas fueron precisamente las que tenían la obligación de verla.
La trascendencia de la jugada ha reabierto el debate de la necesidad de reforzar tecnológicamente la vigilancia del juego para evitar que se repitan hechos como el que tuvo lugar el pasado miércoles en París. Dicen quienes apoyan la validez del vídeo como instrumento para arbitrar partidos que, en pleno siglo XXI, cuando la mayoría de las cosas que se consideran importantes, desde los escrutinios electorales hasta la Bolsa, están controladas por un ordenador, que el fútbol no puede dejar en manos de los ojos de tres personas decisiones que llevan aparejados miles de millones de euros. Buscan ejemplos en deportes como el fútbol americano o el tenis, en los que los jugadores pueden solicitar la revisión en imágenes de las jugadas dudosas para saber exactamente qué ha pasado gracias a la técnica.
Pero el fútbol es otra cosa y ahí reside su encanto. El terreno de juego es un santuario en el que mandan los futbolistas y en el que están sometidos a la única verdad: la que dicta el árbitro con su silbato. Un microcosmos absurdo en el que la persona más pobre dirime el destino de los millonarios. Un espacio de justicia parcial que, sin embargo, se parece mucho a lo que existe fuera de los terrenos de juego, donde la justicia no es igual para los poderosos y los menos pudientes. Donde la injusticia, muchas veces, se convierte en ley para gobernar y cumplir los propósitos de los gobernantes.
PACO GISBERT |