La tenista Amélie Mauresmo, que hace años reivindicó públicamente su lestianismo, acaba de anuncias su retirada a los 30 años (Foto: Turia).
EL FABULOSO DESTINO DE AMÉLIE

En junio de 1983, Amélie está a punto de cumplir cuatro años, vive con su familia en Saint-Germain-en-Laye y ve por televisión, un domingo, cómo un tenista con aspecto desaliñado y piel oscura gana el torneo de Roland Garros. Se llama Yannick Noah y obtiene el trofeo, en un disputado partido a tres sets, al sueco Matts Wilander, dominador del tenis mundial en aquellos tiempos. Amélie no lo sabe, pero aquel triunfo será el último de un tenista galo en los Internacionales de Francia hasta la fecha.
En enero de 1999, Amélie cree haber conseguido sus sueños. Lleva seis años jugando al tenis como profesional y es una de las jugadoras con más futuro del circuito femenino. No ha ganado todavía ningún torneo, pero ha destacado en los torneos en pista dura que se han jugado el año anterior, fue finalista en Berlín y llega al inicio de la temporada en excelente forma. Lo demuestra en el Open de Australia, donde, poco a poco, va superando rondas hasta alcanzar la final. Tiene 19 años y, en la final, se encuentra con Martina Hingis, la suiza de cuerpo frágil y gritos desconsolados que parece que va a romperse cada vez que golpea la bola. Amélie juega bien, aunque algo atenazada por los nervios, pero pierde en dos sets, pese a plantear batalla a la indiscutible suiza. Amélie está contenta por haber logrado llegar, por primera vez en su vida, a una final de Gran Slam. Es la segunda jugadora francesa que lo consigue. Pero, unas horas después, escucha unas declaraciones de Martina Hingis en las que la campeona helvética afirma que su rival en la final, Amélie, no era una mujer, era “medio hombre”. A Amélie, las palabras de Martina le duelen como un puñal. Ha de demostrar que es una mujer, que, aunque sus preferencias sexuales no sean las de buena parte de la población femenina, ella es una mujer. Confiesa su lesbianismo en público, tiene que revelar ante todo el mundo que le gustan las mujeres, lo que muchas de sus compañeras del circuito ocultan durante toda su vida.
La vida de Amélie continúa, ahora trufada de triunfos. Su juego, exquisito y agresivo a la vez, enamora a los amantes del tenis, que ven en el tenis de Amélie la recuperación de los viejos valores que hicieron grande este deporte: el toque delicado combinado con una excelente forma física. Gana torneos y se convierte en una de las alternativas tenísticas a esa horda de jugadoras provenientes del Este de Europa que, como clones, dominan los primeros puestos de la clasificación femenina. A la vez, se erige en icono de la lucha por los derechos de las lesbianas.
En julio de 2006, Amélie es la número uno del mundo y, tras un torneo muy intenso, llega a la final de Wimbledon. Enfrente de ella, la belga Justin Henin, una jugadora que también ha enarbolado la bandera del buen gusto en el tenis femenino. El partido es de esos que pasarán a la historia por su belleza. Dos jugadoras intercambiando golpes ganadores, dejadas y raquetazos imposibles. Una lección de clase. Amélie gana en tres sets y da un triunfo a Francia en el torneo británico 81 años después. Sucede a la mítica Suzanne Lenglen, que lo había ganado por última vez para el tenis femenino galo en 1921.
El fabuloso destino de Amélie Mauresmo, la niña que vio con casi cuatro años en su televisor el triunfo de Noah en Roland Garros y quiso dedicarse al tenis profesional, se cumple aquel 8 de julio de 2006. Es la jugadora francesa con mayor número de títulos en torneos individuales, ganó la Copa Federación para su país y fue un referente personal para todas aquellas mujeres que quieran dedicarse al tenis sin prejuicios.
El 3 de diciembre de 2009, Amélie Mauresmo anuncia su retirada del tenis profesional. Tiene 30 años, está cansada de la rutina de ir a entrenar todos los días, de pelear en todos los torneos con chicas a las que supera en más de diez años. Lo deja. Le espera un fabuloso destino en la vida, fuera de las canchas de tenis.

PACO GISBERT