El periodista Enric González sostiene en su artículo El chico y su favela que no hay buenas biografías sobre futbolistas. En dicho escrito, publicado hace ocho meses en el diario El País, González pone el ejemplo de Adriano Leite, ese futbolista brasileño que llegó a Europa hace ocho años, cuando todavía no había cumplido los 20, con la aureola de ser el sucesor de Ronaldo o Rivaldo, con la marca de convertirse en el nuevo fenómeno surgido de las favelas que triunfa en el viejo continente. Adriano, hijo de un suburbio de Río de Janeiro en el que imperan las leyes del narcotráfico y la violencia, nunca llegó a desprenderse de la ascendencia que su barrio ejercía sobre él, hasta el punto de que, durante meses, compartió la gloria de jugar en un equipo como el Inter con las cervezas y las putas con las que disfrutaba, al lado de sus amigos, en la mísera tierra que lo vio nacer.
Mestalla pudo ver, para desgracia del valencianismo, al mejor Adriano, aquel chico duro como una roca y fino en sus movimientos como una gacela al que apodaron “El Emperador”, en un partido de la Liga de Campeones que enfrentó al Inter y al Valencia hace cinco años. El Inter goleó al Valencia por 1-5, igualando la peor derrota europea de la historia del club blanquinegro en su feudo, gracias al extraordinario partido que completó el delantero carioca quien, con su potencia y habilidad, puso en entredicho al equipo que entonces entrenaba Claudio Ranieri.
Tiene razón Enric González cuando habla sobre el potencial literario que tienen personajes como Adriano, felizmente rehabilitado para el fútbol desde que volvió a Brasil y juega en el equipo de toda su vida, el Flamengo. Tiene razón porque las biografías de futbolistas, la mayoría de ellas publicadas en Inglaterra, son meras hagiografías de personajes que tocan la gloria pero nunca reparan en la miseria que les acompaña, como marca indeleble, a lo largo de su vida.
Por eso, al repasar los libros que han trazado la vida de los ídolos del balón desde el éxito y el fracaso, el mejor relato lo encontramos en una obra de ficción. Se trata de Saber perder, de David Trueba, tercera novela del cineasta y escritor madrileño que retrata, en clave coral, las andanzas de cuatro personajes interrelacionados entre sí. Uno de ellos, Ariel, futbolista argentino que deja su Buenos Aires natal antes de cumplir los 20 años para jugar en un equipo madrileño como acicate para que su nuevo club gane títulos, podría ser perfectamente la recreación novelística del Kun Agüero o el Pipita Higuaín, jugadores que llegaron al Atlético de Madrid y el Real Madrid con la esperanza de convertirse en figuras del fútbol. Jóvenes salidos del potrero, que dejaron atrás la pobreza gracias a su habilidad para manejar el balón y que aterrizaron en un continente nuevo, en un mundo nuevo, en una vida nueva, diametralmente opuesta a la que disfrutaban en su país.
Ariel, el personaje creado por David Trueba, extraña a su familia, su vida pasada y sus amigos de toda la vida. Se refugia en una joven de 16 años a la que ha conocido por una casualidad casi temeraria -un accidente de tráfico- y su carrera se va estabilizando poco a poco, como si el cariño fuera un elemento fundamental para lograr que aquellos futbolistas que cambian de ambiente rindan al mismo nivel que cuando vivían protegidos por su entorno. Y, en una novela como Saber perder, el relato en 500 páginas de las vidas de unos personajes que esconden secretos inconfesables, Ariel, el chico que jugaba al fútbol por placer y al que los demás colocaron en el camino hacia la fama, esconde, más allá de su relación ilegal con una menor, un secreto mucho más grande: el del futbolista desarraigado que llega a Europa con la gloria y que añora la miseria, el calor de los suyos y el entorno en el que creció. El mismo secreto que escondían futbolistas como Adriano, Ronaldo, Rivaldo, Romario, Ortega y tantos otros.
PACO GISBERT |