Pep Guardiola dándole instrucciones a Leo Messi (Foto: Turia).
EL MEJOR EQUIPO DE LA HISTORIA

El honorífico título de mejor equipo de la historia del fútbol es una etiqueta que se disputan grandes conjuntos a lo largo del tiempo y que tiene mucho que ver con apreciaciones subjetivas. El Arsenal de Herbert Chapman, inventor del sistema WM y dominador del fútbol inglés en los años 30, la Máquina de River de los 40, cuya delantera formada por Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Lostau sigue siendo hoy en día sinónimo de eficacia y belleza, o el Madrid de las 5 Copas de Europa consecutivas son ejemplos de equipos inolvidables en un tiempo en el que el fútbol era muy distinto al que se practica hoy en día.
El fútbol moderno ha consagrado a equipos como la selección brasileña que ganó el Mundial del 70, considerada la mejor de todos los tiempos, o el Ajax que capitaneaba Johan Cruyff y que logró tres copas europeas consecutivas practicando un fútbol rápido y hermoso a la vez. Pero también a conjuntos que menos laureados, como el Borussia Moenchengladbach de los 70, un equipo extrañamente demoledor, que arrasaba a sus rivales con una curiosa mezcla de técnica y poderío físico y que, sin embargo, nunca llegó a levantar la Copa de Europa. Luego llegó el Milán de Sacchi, prototipo del fútbol de presión, que vio cómo sus mayores éxitos los conquistaba en la etapa en que lo entrenó Fabio Capello, cuando la presión se vio acompañada de ese pragmatismo tan propio de su técnico que convertía un resultado mínimo en un tesoro de incalculable valor.
Ninguno de esos equipos logró lo que ha hecho el Barcelona en el último año. Los números rara vez mienten y la historia dirá que el Barcelona de Josep Guardiola es el mejor equipo de la historia del fútbol porque ha ganado, en una misma temporada, los seis títulos que ha disputado, cada uno de ellos de manera diversa: la Liga, tras una campaña inmaculada que culminó con una goleada histórica en el campo de su enconado rival; la Copa, después de una eliminatorias insustanciales y una final en la que tiró de su mejor repertorio para doblegar a un rival tan voluntarioso como inferior; la Liga de Campeones, en un camino lleno de minas a punto de explotar y que estuvo cerca de pisar en una afortunada noche en Stamford Bridge y una final con aires reivindicativos contra el anterior campeón; la Supercopa española, con la suficiencia que da el ser superior incluso cuando la temporada no se ha iniciado; la Supercopa europea, después de un ejercicio de constancia ante un rival rocoso; y ahora el Mundial de Clubes, en el que el conjunto azulgrana ha demostrado que sabe sufrir como pocos sin jamás renunciar a sus principios.
Nadie ha discutido la supremacía barcelonista este año porque nadie ha encontrado la fórmula para desactivar su fútbol. Se puede argüir que su portero no da la talla en algunos partidos, que su defensa juega demasiadas veces al límite del riesgo, que los equipos que han desactivado el alma de este equipo, la elaboración de Xavi, le han plantado cara, e incluso que, en ausencia de Messi, al Barça le falta ese plus de genialidad que necesita para marcar las diferencias y hacer efectiva su abrumadora superioridad con el balón en los pies. Pero nadie ha sabido combinar todas esas teclas para desarmar una maquinaria tan perfecta que es capaz de resolver los encuentros a balón parado, en una chispa de inspiración o con una jugada elaborada, según soplen los vientos.
La irrupción de Barcelona de Guardiola en el panorama del fútbol actual es una buena noticia para el balompié. En una época en la que los técnicos se preocupan más de quitarle el balón al contrario pero no encuentran soluciones para cuando su equipo lo tiene en su poder, que aparezca un conjunto que siempre quiere tener el balón, que mantiene ese espíritu del patio del colegio por el que el balón era un objeto preciado y caro de regalar a los extraños es una bendición que hará mucho más grande el fútbol. Y que sus enemigos busquen fórmulas para acabar con esa dictadura también es una buena noticia. El fútbol está vivo gracias a este Barcelona.

PACO GISBERT