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A finales del mes de junio ha cerrado sus puertas el Gimnasio Valencia, tras setenta y cinco años de funcionamiento ininterrumpido, que lo convertían en el decano de los gimnasios de la región, y tal vez de España. Con él se cierra una página de la historia del deporte en nuestra ciudad y cientos de pequeñas historias anónimas que nos hablan de otra forma de hacer gimnasia y de concebir las relaciones humanas.
El gimnasio fue fundado en 1933 por Juan Torres (a quien los que lo conocieron llamaban cariñosamente «el abuelo») y fue cedido a la familia Belenguer. Los hermanos Jaime y Vicente fueron la referencia del gimnasio durante generaciones, y lo dirigieron durante su etapa de máximo esplendor; eran los años en los que Jaime ganó siete títulos de España de gimnasia deportiva y había una escuela activa de este impresionante deporte funcionando al margen de subvenciones, ayudas o reglamentos.
Yo llegué al gimnasio a principios de los años ochenta, justo antes de que se desatara la fiebre por el footing o por el aerobic. Un tiempo en el que los que se atrevían a bajar a correr por el cauce del río —un pedregal erizado de guijarros y de cristales en su mayor parte y donde esprintar implicaba un serio riesgo de doblarse un tobillo— tenían que soportar que los peatones que cruzaban el puente del Real dudaran de su hombría y en el que las viejas tablas de gimnasia sueca y de pesas-potencia empezaban a verse arrinconadas por la fiebre del culturismo, que provocaba los comentarios despectivos de los más viejos, que no entendían para qué servía el volumen si no iba acompañado de fuerza o de resistencia. Las espalderas, el ruido de las poleas, la vieja tabla de madera donde hice miles de abdominales —moldeada en el lugar en el que cientos de gimnastas habían clavado su rabadilla antes que yo—, la escalera vertical y la horizontal que tantas veces subí y crucé, el tacto de la magnesia que secaba mis manos cuando quería entrenar con los amigos que hacían deportiva, la cuerda, que subía al techo de seis metros del gimnasio, y las viejas pesas de forzudo que dormían en un rincón, compradas quién sabe cuándo, hasta que alguien intentaba levantar la de sesenta kilos para comprobar el estado de sus músculos… todos estos aparatos son parte hoy de la historia, de una concepción del ejercicio que entroncaba con la educación, de una visión de la salud y de la higiene personal que excluía las cremas anti-aging, pero que incluía un sano equilibrio entre cuerpo y mente y donde todos, sin importar su edad, tenían su sitio.
Pero lo que realmente hacía al Gimnasio Valencia algo especial era la gente, y con la gente sus historias. Las que viví y las que no viví, las que nos contaban Jaime y Vicente los sábados por la mañana, cuando sacaban la vieja caja con las viejas fotos del gimnasio antes de la guerra, durante la riada, cuando Jaime competía… La historia del fundador y de cómo fue encarcelado a principios de la guerra por no querer revelar la filiación política de sus clientes. La de Vicente García del Real, un poeta que consiguió transitar por la guerra civil sin matar a nadie, a cambio de haber sido detenido por nacionales y republicanos. La del abuelo Guillot, que con ochenta años cumplidos venía al gimnasio en bicicleta para hacer gimnasia deportiva, y la de Peto, que con sólo setenta hacía la bandera en la escalera vertical. A partir del uno de julio, sólo nos quedará la memoria pura, una memoria donde los que vivimos parte de nuestra educación en el Gimnasio Valencia seguiremos haciendo vuelos en las paralelas mientras oímos risas en algún punto del gimnasio. Valencia acaba de perder una seña de identidad, pero no se ha dado cuenta. Qué lastima.
SALVADOR PONS BORDERÍA |