Manifestación contra el Espacio Europeo de Educación Superior, más conocido como "Proceso de Bolonia" (Foto: Turia).
LAS MANIFESTACIONES CONTRA BOLONIA
 

Han llegado tarde. Muy tarde. Los encierros y manifestaciones que ha organizado un buen número de estudiantes universitarios contra el Espacio Europeo de Educación Superior (EEES), más conocido como Proceso de Bolonia, debieran de haber comenzado antes de que se conformaran los nuevos planes de estudio. El caso es que a dichos estudiantes no les faltan razones para protestar, porque, esta reconversión de la Universidad española se ha ido haciendo con poca claridad informativa. Algo que el rector de la Universitat de València, Francisco Tomás, llegó a reconocer en una asamblea que tuvo lugar hace algunos días y que resultó masiva.
En realidad se quieren matar dos pájaros de un tiro. Por un lado, hacer que los títulos de las universidades españolas se convaliden con los otros 28 países que firmaron este acuerdo. Por otro, se presenta una oportunidad de oro para realizar algunas potentes reformas de nuestro sistema universitario. Si se lee la normativa general, en ella se dice que este proceso constituye una excelente oportunidad para modernizar las enseñanzas, tanto en su organización como en sus objetivos, métodos, contenidos y esquemas de evaluación del esfuerzo en el aprendizaje.
No obstante, si estos cambios no se atienen a la realidad de nuestra Universidad, pudiera ocurrir como con la LOGSE, una impecable reforma educativa, pero en algunos puntos parecía más pensada por los habitantes del hielo marciano que por personas conocedoras de nuestra historia. Y nunca se realizó un imprescindible plan de financiación.
Por ello hubiera sido importante alguna matización, para no caer en ser más papistas que el Papa. Los franceses dijeron no a la Constitución Europea y no ha pasado nada, o sí, la situación ha obligado a hacer las cosas de otra manera. Bueno, parece que algo sí que hubo, porque en vez de pensar en tres cursos para las carreras superiores, como acontece en buena parte de Europa, aquí los grados (las nuevas licenciaturas) se van a quedar en cuatro, para no reducir tanto los cinco de las carreras tradicionales. Pero esto lo hemos sabido estos días, por la prensa, lo mismo que, en este tiempo, se han dejado correr rumores, como que algunas carreras desaparecerían, o el alto costo de los másteres…
Precisamente, por ahí anda el problema principal que se nos tiene que aclarar, si dicha modernización significará que las universidades públicas se medio privaticen en los estadios de postgrado. Porque parece que los másteres serán fundamentales para buscar trabajo, es decir, cursos con créditos más caros.
En la reforma se incide mucho en los controles de calidad, pero, más allá de la burocratización que se ha multiplicando en los últimos años, ¿el número de alumnos se convertirá en decisivo para determinar la calidad de una materia o un postgrado? Preparar a los alumnos para que ocupen puestos de trabajo puede ser urgente, sin embargo, como ya se cuestionaba Ortega, la preocupación por lo urgente nos puede hacer perder la pasión por lo importante.
Otro asunto importante, de muchos, es el tema de las horas no presenciales. Un modelo que requiere, paradójicamente, un mayor presupuesto. Y me temo que tal y como están siendo ahogadas, económicamente, muchas universidades, se esté mirando a la reforma más como un ahorro, al reducir, como se ha dicho, muchas carreras de cinco a cuatro años. Sin embargo, lo paradójico es que el método que se persigue sólo es posible si se sigue la tradición anglosajona de tutores. ¿Está prevista esa mayor inversión?
Por ejemplo, Medicina, si bien mantiene los seis años actuales, junto a Arquitectura, está previsto que se rebajen considerablemente las horas presenciales. ¿Se rebajará también el número de alumnos por profesor? En fin, ya veo al respetable preguntar dentro de unos años a un médico si ha estudiado antes o después de Bolonia. Para curarse en salud.
En fin, algunas dudas surgen, y gracias a las movilizaciones de los estudiantes, podemos, al menos, lanzarlas a la palestra, porque si la política no se toma más en serio, presupuestariamente, a una Universidad que, además, precisa de un mayor relevo generacional, pudiera ser que entremos los últimos de la fila en esos índices de calidad que se avecinan. Y si eso ocurre, podemos resucitar aquel eslogan, «Ya semos europeos», que Albert Boadella lanzó, a finales de los 80, en un paródico programa televisivo.

ENRIQUE HERRERAS