Laurent Cantet, a la derecha, con los intérpretes de LA CLASE en el festival de Cannes (Foto: Turia).
ENTRE CUATRO PAREDES
A propósito del filmn LA CLASE

Confinados en el aula de un instituto del distrito más intercultural de París, el veinte, alumnado y profesor conviven de buen grado o a su pesar, defendidos y constreñidos a la vez por las reglas de un juego desigual. La hora del patio, ambientada por un rap carcelario que hace más trágica la subliminal asimilación, no llega ni para dar respiro a la insolencia o la apatía de los jóvenes, cuya supervivencia en la institución pasa, en sus mínimos, por la resignación. La clase (Laurent Cantet, 2008) es tan real que parece de verdad, los primeros planos inquietos que buscan la mirada, la respuesta rápida o la indiferencia no pueden ser más verosímiles, pero esto es ficción, es la mentira del cine, la más verdadera de todas, porque es capaz de escamotear el guión, hacer creer que los actores son alumnos replicando con espontaneidad o rebelándose de corazón. Lo cierto es que los actores nunca leyeron ese guión, pero durante un año escolar acudieron a un taller de improvisación donde respondían a situaciones y diferentes temas que se iban proponiendo hasta que se llegó a la selección de los veinticinco adolescentes que participaron en el film. Todos se esforzaron como profesionales para llegar a un nivel de improvisación que coincidía sorprendentemente con el texto de François Bégaudeau, pero cuyos diálogos eran formulados con sus propias palabras. Aquí radica la verdad de la película. Los actores no se interpretan a sí mismos, pero son tan creíbles que cuesta imaginarlos con su propia personalidad.
La clase no admite, ni le convienen, las etiquetas: documental, ficción, experimento, manifiesto..., porque se sirve de una estructura ad hoc eficaz. La fórmula de preparación y rodaje, con Bégaudeau, autor del libro en que se basa el film, como infiltrado, en complicidad total con el director, ha dado un resultado transparente en su discreta complejidad, estimulando a los actores, reforzando la claustrofobia en las discusiones, diluyendo el mensaje entre la espontaneidad de las emociones. Por fortuna, no asistimos a un tour de force dialéctico, porque el guión es lo suficientemente generoso para captar los matices de una profesión que Bégaudeau conoce muy bien. Las deficiencias comunicativas, la pobreza del lenguaje de una generación audiovisual no se exacerban con reaccionarismo, ni se obvian con condescencia, lo que hubiera convertido a la película en un panfleto inútil. La falta de pretensiones de ejemplaridad o de discursos pedagógico-morales nos aproxima tanto a esa comunidad escolar que provoca la identificación y la reflexión sobre los motivos de unos y otros y finalmente, sobre el sistema. Esa perplejidad nos viene estimulada tanto por la respuesta plural y la interacción verbal sin vencedores ni vencidos, como por la aplastante verdad de unas reglas del juego tramposas en su parcialidad, que no proporcionan una convincente respuesta ante los desafíos a la autoridad del docente. El respeto, aquí simbolizado en la punición del tuteo, no es moneda común en la enseñanza actual, ni en Francia ni en España, eso lo saben y lo padecen cotidianamente los profesionales que admirablemente deben entrar al aula como a un cuadrilátero sin árbitros, pero esa es quizá la más importante de las claves de la relación y con la que los profesores exitosos en su labor han conseguido tejer un encaje de bolillos, entre los desafíos, la autoridad, la sociedad siempre culpable y la generosidad de enseñar al que no sabe. Estos profesores son los que consiguen fluir sin chocar, acercándose a las verdades de un pensamiento demasiado lejano no solo generacionalmente para aunar, aunque sea en preciosos instantes, la voluntad de enseñar y un fugaz destello de la voluntad de aprender, son los que enseñan en los resquicios. En definitiva, son los que saben enseñar con las notas al margen que escriben en el aire, mientras parece que explican la lección.

EVA PEYDRÓ