Las películas de Quentin Tarantino son como los grandes partidos de fútbol o los conciertos de bandas míticas. Desde muchas semanas antes de que lleguen a las pantallas de los cines, se habla de ellas, se crea una enorme expectación y siempre hay gente que la ha visto antes de que se proyecten en las salas, sea de forma filibustera en internet, sea en algún festival donde Tarantino se emborracha por las noches en busca de algún “reservoir dog”, y te cuenta sus pormenores. De una nueva película de Quentin Tarantino, aun sin haberla visto, sabes unas cuantas cosas: que será muy larga, dada la facilidad para la verborrea del cineasta norteamericano, que tendrá al menos uno de esos personajes memorables que trascienden el paso del tiempo (el señor Lobo de Pulp Fiction, La Novia de Kill Bill o Mr. White de Reservoir Dogs) y, por encima de todo esto, que no te dejará indiferente. No conozco a nadie que hable del cine de Tarantino con expresión aburrida: a su cine se le ama o se le odia. Una cualidad que atesoran aquellos directores que, gusten o no, han creado un estilo propio de hacer cine, como Pedro Almodóvar, Michael Haneke o Wes Anderson.
Más allá de las filias o las fobias que provoca, Quentin Tarantino es un apasionado por el cine. Creció viendo programas de televisión mientras su madre y su padrastro pasaban la mayor parte del tiempo fuera de casa trabajando, fue acomodador del mítico Pussycat Theater, una sala especializada en cine porno en un barrio de Los Angeles, y, con los ahorros de ese trabajo, se compró un vídeo para poder ver películas en su casa que alquilaba en el videoclub Video Archives, cercano a su domicilio. Alquiló tantas que, no sólo era el mejor cliente del local, sino que el dependiente, Roger Avary, convenció al propietario para que lo contratara detrás del mostrador. Allí Tarantino organizó ciclos temáticos y captó a una clientela inquieta por conocer un tipo de cine que no se veía habitualmente en las salas comerciales.
Su vocación de rata de videoclub, similar a la rata de filmoteca que podemos encontrar en Europa, está en Malditos bastardos, como está en sus anteriores películas. El cine de Tarantino es un compendio de bromas cinéfilas cuyo abanico recorre desde las películas de artes marciales hasta el polar francés, desde el western con mayúsculas hasta su versión en spaguetti. Así, en una misma secuencia, como la magnífica que abre Malditos bastardos, podemos encontrar guiños a Sergio Leone (Por un puñado de dólares) o John Ford (Centauros del desierto) para recrear, en clave de western, una secuencia en una película bélica ambientada en la segunda guerra mundial. O ver cómo en esta película sobre la guerra caben personajes sacados de un thriller (los bastardos a los que hace referencia el título), situaciones que parece extraídas de un filme de acción (el incendio en la sala de proyección) o conflictos propios del cine de aventuras de entreguerras.
Malditos bastardos respira cine por sus cuatro costados. Aparentemente es una película sobre un grupo de cazadores de nazis que se comporta como los indios, coleccionando cabelleras de sus víctimas, pero, en el fondo, es un filme sobre el cine y su extraño poder de fascinación. El hechizo que provoca una sala de proyección, por muy propagandística que sea ese Orgullo de la nación que se exhibe ante la parafernalia fascista, la atracción de esa marquesina en la que figuran los nombres de quienes hacen realidad el milagro de un cine que no conoce ideologías, o el placer de jugar a adivinar personajes de películas o actores. Por ella pasan, de forma más o menos explícita, Chaplin, Riefenstahl, King Kong, Dietrich o G. W. Pabst, pero también, como pistas para desentrañar este colosal homenaje al cine de todos los géneros, Castellari, Peckinpah, Ford, Leone, Eastwood, Hawks y hasta Alfredo Landa, cuyo apellido lleva ese personaje memorable que hay en todas las películas de Quentin Tarantino y que aquí es un oficial nazi adicto a la leche y a las bromas pesadas.
PACO GISBERT |