Woody Allen y Larri David durante el rodaje de SI LA COSA FUNCIONA
SI LA COSA FUNCIONA
14 RAZONES PARA DISFRUTARLA

1.- Woody Allen regresa a Manhattan, tras sus cuatro proyectos europeos, devolviéndonos a ese paisaje tan idiosincrático como añorado por sus fans, a pesar del éxito de las películas rodadas en Londres y Barcelona. Las simbiosis del director con el paisaje y del paisaje con las tramas urbanas habitadas por personajes ensimismados en un microcosmos que desvirtúa la realidad, para tallarla a la medida de sus necesidades y elucubraciones, son un reencuentro gozoso y sorprendente.
2.- Para sorpresa, el que es quizá el protagonista pretendidamente más antipático de la filmografía de Allen, que por mucho que lo intente a golpe de prepotencia y soberbia intelectual no consigue caer mal.
3.- El talentoso aprovechamiento de las circunstancias (sacar un guión del cajón por las prisas de rodar antes de la huelga de actores y la imposibilidad de viajar al extranjero en pleno curso escolar) para transformarlas en oro cinematográfico. Allen conserva la piedra filosofal.
4.- La expresión, cada vez más habitual en su cine, de la naturaleza transformadora de la experiencia, aplicada a las grandes cuestiones filosóficas, sentimentales y globales. El director crece y envejece en sabiduría y bondad, proporcionando al espectador esos sutiles, aunque flagrantes, saltos al vacío en temática y tratamiento, prueba de vitalidad creativa. El amor, el sentido de la vida, el sexo y el por qué de las cosas ganan en aristas y claroscuros, revelando una audacia estimulante. Aunque parezca que volvemos a los largos, agudos y densamente chispeantes monólogos acera arriba, acera abajo, no tardamos en percibir una frescura de fondo, que se renueva en cada film.
5.- Compartir la alegría de exaltar el presente, para conjurar el pesimismo existencial, dotando de sentido pleno a lo transitorio, si la cosa funciona...
6.- El positivo enfoque de la irremediabilidad del caos. La obsesión por la falta de sentido del devenir humano, nacer, enfermar, morir, deja paso a la celebración del momento y la aceptación de la tremenda importancia del factor suerte en el destino de los seres humanos.
7.- El humor, el humor y el humor. De la sonrisa a la carcajada, del chiste clásico al guiño intertextual incluyendo la sorpresa y la comedia enloquecida de puertas que se abren y se cierran. Humor judío, los hermanos Marx y esa hilarante escena de barra de bar que nos devuelve a la mente el nadie es perfecto, aplicado al convencionalismo de los roles sexuales.
8.- La inmensa satisfacción de comprobar que aún podemos disfrutar de comedias más allá de la escatología barata que hoy nos venden como «humor inteligente», en realidad prefabricado.
9.- La música, punto fuerte de Allen, que en este caso nos da la clave inmediata de una farsa de humor surrealista en el corazón de Chinatown.
10.- Admirar a la camaleónica Evan Rachel Wood en una nueva encarnación de la chica Allen.
11.- La acertadísima elección de Larry David, que se confiesa cómico antes que actor, como falso alter ego del director, con una presencia escénica que compensa la ausencia de la imposible primera opción, Zero Mostel.
12.- Una nueva vuelta de tuerca al reto de construir personajes a partir de arquetipos, el intelectual urbanita, la familia tradicional sureña...
13.- Compartir una vez más la reflexión sobre la institución familiar, diana habitual de los dardos de Allen, que nos confirma de nuevo que no hay dos iguales, por mucho que lo parezcan.
14.- Reformulando y deconstruyendo la acotación potencia la expresividad y aprovecha todos los recursos: La obertura (monólogo de cuatro minutos) y el final (coral) apelando directamente al público, que solo Boris puede ver. Allen hace lo que quiere y cuando quiere, saca a Marshall McLuhan de la cola del cine, desenfoca a sus protagonistas o los hace bajar al patio de butacas...ahora pide la opinión de los espectadores. Ustedes dirán.

EVA PEYDRÓ