En su número de otoño, la revista corporativa de la Federación de Periodistas hace como los informativos de la tele: mete el miedo en el cuerpo. Titula en portada El fin de una era, y consulta con los más sesudos y mediáticos profesionales del sector el manido asunto de la crisis y el cambio tecnológico colosal que se avecina. La vaina es que la era digital acabe con la era Gutenberg y el miedo a que lo nuestro se vaya al carajo como en el Siglo de las Luces se esfumaron los juglares y aparecieron los novelistas. Pánico en este caso entre los periodistas; tarea, a fe mía, fronteriza con el desarraigo; ya partimos del despropósito de tener un gremio; los informadores son artesanos, especialistas, eternamente exiliados de sí mismos, mercenarios sin patria ni medio.
La murga del fin de la Gutenberg tiene encabronada a la profesión, sumida en discusiones casi teológicas, como aquellas del Concilio de Trento cuando se debatía sobre el sexo de los ángeles. Y en la calle, la información pierde prestigio.
Mientras esa discusión sigue, la prensa escrita sufre, cual suplicio de gota malaya, una espectacular sangría de lectores en beneficio de la estupidez televisiva y los periodistas son desacreditados a diario por esos farsantes que retozan felices en el cotilleo y el sensacionalismo huero. Hay buenos periodistas que ya no escriben y han pasado a ser contertulios acreditados en espera de la jubilación anticipada. Muchos de los veteranos y más competentes andan hartos y sueñan con dejarlo. Empero, que no cunda el pánico, los que ven el vaso medio lleno, sostienen que lo nuestro, lo de los contenidos interesantes, siempre funcionará. La lectura del artículo de Marta Molina, en la revista gremial, pone los pelos de punta. Escribe que si las cosas pintan mal ahora, lo más complicado está por llegar. Y ojo a los datos que da: Philip Meyer, catedrático de lo nuestro, tiene fechado el año del final del diario de pulpa de papel, 2043. Molina escribe que los optimistas se aferran a que lo esencial es inalterable: salir allá fuera, donde suceden las noticias, buscar testigos, comprobar y volver a comprobar los datos, protegidos y alentados por una redacción central que exige los más altos estándares de calidad.
Hasta aquí el pánico. Hay que reciclarse; algunos reporteros americanos despedidos han abierto blogs que venden muy bien. La revista Newsweek ha aumentado su precio de venta para reducir “el público objetivo” (¿) y ofrecer más artículos de fondo y “contenidos de calidad”. El futuro es de los creativos y callejeros y no de los oficinistas de la red.
Finalmente, tras tanta desolación y escondido al final de las habituales páginas corporativas de la Asociación, salta un excepcional destello de optimismo en un artículo del periodista Juan Varela. Cuando el informador gallego, de solventísimo currículo, es preguntado si los periodistas somos prescindibles, contesta algo esencial para entenderlo todo sin tanto rollo: “No creo en el periodismo como una profesión, el periodismo es un acto. Los periodistas, a veces hacemos periodismo y una gran parte del tiempo profesional, lo empleamos en hacer comunicación, administración, publicidad…”. El rigor, el estilo, la credibilidad o la capacidad de hacer la información atractiva es una actividad, recuerda Varela. Una acción. De ahí que sea paradójico que nosotros, los perros callejeros de la información, los jodidos intermediarios entre lo que se sabe y lo que la gente quiere saber, tengamos un gremio. Y este oficio que no tiene términos medios, posee el terrible handicap del virus de la vanidad. Ni sindicatos, ni solidaridad, ni puñetas, aquí es el sálvese quien pueda.
Una broma recurrente en este oficio es recordar que los pasillos del New York Times están agujereados por los codazos que se da la peña. En una ocasión, cuando me incliné sobre una mesa en la redacción para repasar unos papeles, poniendo el trasero en pompa, un compañero dijo, “esa posición no es muy apropiada aquí, ya sabes”. Y si como señalan los nuevos analistas cualquier ciudadano que informe de algo relevante hace periodismo, en ese momento al gremio se le van a bajar los humos y tendrá que aguijonearse la imaginación. Y cuando el diario, “la comunión matinal del hombre moderno”, según Umberto Eco, pueda llevarse en el e- reader de bolsillo, ya veremos.
ABELARDO MUÑOZ |