Sin maquetas ni decorados, producida al cien por cien de forma digital en el diseño de los efectos especiales, el afán destructor del realizador alemán Roland Emmerich llega hasta sus últimas consecuencias en 2012 tras los estragos que causaba el gigante gorila en Godzilla, las invasión de extraterrestres en Independence Day y el cambio climático en El día de mañana. Ahora nos muestra la Apocalipsis total en una historia que es una auténtica chorrada, llena de tópicos, lugares comunes, reminiscencias bíblicas (El Arca de Noé), discursos aleccionadores y facilonas categorías de buenos y malos, con un resultado más próximo a la infumable Independence Day que a la estimable El día de mañana, que por lo menos tenía un discurso coherente y una trama argumental más creíble.
En 2012 da igual que en el reparto estén buenos actores como John Cusack, Amanda Peet o Woody Harrelson, que pasan totalmente inadvertidos. Lo importante son las escenas espectaculares, que se acumulan una tras otra. Del film se pueden salvar los primeros veinte minutos, cuando aparecen los primeros signos de que algo anormal está sucediendo en el planeta Tierra. Tampoco están mal algunas bromas en medio de tanta tormenta, como la grieta que aparece en el supermercado entre los dos amantes tras afirmar él que “nada nos va a separar”, la referencia a Silvio Berlusconi como jefe de gobierno díscolo, la paradoja de que el único continente que se salve sea precisamente África o que el Presidente de Estados Unidos, lógicamente, sea ahora negro (Danny Glover).
La película está a años luz de estimables films del género de catástrofes, con la emblemática El coloso en llamas como referente. ¡Ah!, y sale un científico con pajarita que es clavado al escritor cinematográfico Julio Pérez Perucha. ¿Otra broma de Emmerich?
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