Este áspero thriller ambientado en el Belfast de los años ochenta, en los momentos más sangrientos del conflicto irlandés, y basado en el libro autobiográfico de Martin McGartland, un personaje infiltrado en el IRA durante varios años al servicio de la inteligencia británica y actualmente en clandestino paradero desconocido, plantea una serie de conflictos y dilemas de amplio y universal calado que no acierta a resolver convincentemente. El traidor a su comunidad que, sin embargo, ayuda a salvar vidas con su dudosa conducta y puede por tanto ser considerado como un héroe; la validez de la violencia como respuesta a unas situaciones evidentemente injustas; la aproximación entre los dos personajes protagonistas, el oficial y su topo, a pesar de encontrarse en bandos en guerra, o lo que es lo mismo, el valor de las relaciones personales por encima de los condicionantes sociales...
Todos desarrollados en pantalla con una pretendida complejidad, por la diversidad de móviles y explicaciones que se apuntan, que termina generando más confusión que otra cosa, comenzando por el personaje protagonista, que coge el dinero, manifiesta contundentes reparos ante la violencia, comprende los motivos de su comunidad, los castigados católicos irlandeses, resiste las tentaciones de la carne de su explosiva camarada, pero nunca parece muy cómodo en su vida de pareja, no se identifica como católico ni como protestante, pero afirma creer en una divinidad un tanto abstracta; y concluyendo por su equivalente en el bando contrario, el oficial de la inteligencia británica, con unas reacciones finales que no acaban de prender en el espectador, como si faltara algo por el camino, quizás también porque entre los dos actores protagonistas, Ben Kingsley y Jim Sturgess (ambos excelentes profesionales), no existe la química adecuada que ayude a hacer creíble la historia de amistad, o de relación paterno filial, la película tampoco acaba de decidirse en este tema, que se produce entre ellos y se antepone a los intereses de unos y de otros, del estado y de los miembros del IRA, ambos chapoteando en el mismo estercolero de sangre y sufrimiento.
PEDRO URIS |