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| Alison Lohman en una escena de ARRÁSTRAME AL INFIERNO, de Sam Raimi. |
| (2) ARRÁSTRAME AL INFIERNO, de Sam raimi |
| Hipoteca infernal |
Tras Spiderman, Sam Raimi regresa al género de terror enloquecido, sin limitación de presupuesto y con unos postulados tan gamberros como le permite la libertad creativa. El motor argumental de la película no puede ser más realista y prosaico, teñido de contenido social e incluso crítica al sistema (bancario) y a sus lacayos, lo cual encajaría dificílmente con el tópico de la maldición diabólica, la posesión infernal, los espíritus burlones y vengativos, machos cabríos, videntes exóticos y mediums con ojos en blanco. Sin embargo, esta montaña rusa de sustos eficaces, bromas de mayor o menor gusto y moralejas funciona a un nivel más que aceptable. La propia confusión que provoca la mélange tipo serie B, donde las jovencitas que obran dudosamente obtienen su merecido sangriento o paranormal, alternando momentos gore de vómitos verdes y hemorragias hiperbólicas con humor negro, es lo que mejor provoca al espectador, le pilla desprevenido a la hora de atizarle el siguiente golpe de maldición, consiguiendo el efecto casa del terror. La cuidada realización y el interés por la definición del personaje de la protagonista, Christine, con un background determinante de la desacertada decisión que desencadena la maldición, junto a las referencias looney toons (yunque incluído) e imprescindibles paradas en los must del género, además de incluir elementos terroríficos inusuales (el pañuelo con vida propia que aterraba en Los hechizados, de Witold Gombrowicz), convierten a Arrástrame al infierno (2009) en una refrescante propuesta, a caballo entre el terror de calidad y el cine de sustos para adolescentes. EVA PEYDRÓ |