Primer largometraje de Stéphane Gauger (nacido en Saigón, de raíces francesas pero emigrado a California), que ha asumido las funciones de guionista, director y fotógrafo en esta modesta producción de tono semi-amateur y caracterizada por el rodaje en escenarios naturales, con la cámara al hombro, con abundancia de primeros planos y de encuadres inestables. Es decir: un cine barato y relativamente fácil de hacer cuyo montaje definitivo ha desempeñado un decisivo papel a la hora de eliminar multitud de imágenes inservibles por inexpresivas o defectuosas.
Como testimonio del Vietnam actual el film despierta sensaciones contradictorias: sorprende la modernidad del país aunque ésta quede reducida a la proliferación del consumismo pero preocupa la pobreza y el desamparo, al parecer, de amplias capas de la población. Vistos los resultados, uno se pregunta: ¿Valió la pena la sangrienta guerra contra el imperialismo USA? Hay aquí unidad de lugar (la metrópolis de 8 millones de habitantes), de tiempo (de lunes a viernes) y de acción, con tres protagonistas, una joven pareja y una niña huérfana que constituye el eje del relato. Tres historias personales que se entrecruzan y que convergen en un final feliz.
Lo social queda totalmente difuminado por un halo sentimental, melodramático, que se hace demasiado atosigante en este ensayo de cine independiente (aunque sometido a la censura gubernamental) con estilo de reportaje “nueva ola” calificado por algunos como cine “de guerrilla”. Pero su calidad deja bastante que desear tanto por sus valores dramáticos como por los estéticos. Fallan especialmente los diálogos, algo artificiosos por exceso de literatura, que resultan especialmente inverosímiles en boca de una niña procedente del extrarradio urbano, una convincente actriz infantil convertida aquí en verdadera marisabidilla (¿se acuerdan de la primera Marisol?).
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