La tercera adaptación de Disney sobre la célebre obra de Dickens, tras las protagonizadas por Mickey (1983) y los Teleñecos (1992), ha sido dirigida por Robert Zemeckis, el llamado “mago de la animación”, cuyas últimas películas (Beowulf y Polar Express) fueron hitos en la técnica y objeto de curiosidad por sus innovaciones. Comentar Cuento de Navidad significa referirse ineludiblemente a su peculiar síntesis de imagen real y animación, obtenida a través de un proceso que va más allá de la “captura de movimiento” de los actores reales a sus émulos digitales llegando a la “captura de interpretación”. Jim Carrey “interpreta” siete papeles, acompañado de Gary Oldman, Bo Hoskins, Colin Firth y Robin Wright Penn, reconocibles de inmediato incluso cuando bajo el disfraz más extraño, como es el caso de los tres fantasmas que encarna Carrey, aunque en todos los casos se echa en falta la calidez y la cercanía que aportan los seres humanos trabajando ante una cámara. El resultado del peculiar proceso de creación de esta película en el espectador es un inevitable distanciamiento de la misma, por falta de identificación y por la dificultad de sentirse subyugado por una obra que nos obliga a reflexionar durante su contemplación sobre si lo que vemos son dibujos animados que parecen actores o actores que parecen dibujos animados, con lo que se establece un muro invisible ante la pantalla que propicia más la admiración (en su caso) que el disfrute. En consecuencia, el contraste entre la imaginería navideña más rancia, que apela a los bondadosos sentimientos al amor de la lumbre, y su tecnificada representación, gélida y perfecta, no llega a traspasar el umbral de la informática para convertirse en esa belleza que produce emoción y no mero sentimentalismo prefabricado o asombro boquiabierto.
Y entonces, nos preguntamos, ¿si el esfuerzo es para que las figuras animadas parezcan actores reales, por qué no se conforman simplemente con actores? Quizá, porque le faltaría el factor añadido del más difícil todavía, que aun funciona para hacer caja, y si además se puede contemplar en 3D, es como una atracción de Disneylandia, pero en la butaca.
EVA PEYDRÓ |