Con el innecesario aval de “inspirada en hechos reales” llega a nuestras pantallas esta, a la postre, rutinaria producción de terror, que en su planteamiento prometía unas interesantes reflexiones que desgraciadamente nunca llegan a producirse. Y es que el hecho que uno de los protagonistas sea un adolescente al que le han diagnosticado un cáncer particularmente agresivo y con visos de terminal, abría la puerta para colocar en la balanza los terrores naturales, la proximidad de la muerte, y los sobrenaturales derivados de los espíritus, con todo el margen para situar a éstos últimos en el imaginario particular o colectivo de cada cual, pero lo dicho, nada de nada, la película se limita a la sucesión de sobresaltos de rigor y a manidas explicaciones a base de cadáveres atormentados por haber sufrido las manipulaciones de un malvado que vagan enfurecidos hasta que alguien les devuelva la paz eterna.
PEDRO URIS |