Si no me descuento, nos encontramos ante la sexta entrega de esta saga, literaria y cinematográfica, de éxito, nacida de la pluma de la británica J. K. Rowling, y las cosas siguen, al menos en la pantalla, como al principio, por más que algunos colegas de la crítica se empeñen en encontrar tinieblas y complejidades donde no hay más que la habitual sucesión de simplezas y arbitrariedades (los combates entre magos de diversa graduación no obedecen a ninguna regla al alcance del espectador, lo mismo uno se saca un petardo de la manga que el otro le agua la fiesta con un truco de su varita), que nos devuelven la cara más vulgar de la fantasía, la que confunde la imaginación con el invento de cachivaches y criaturas, con algunas escenas de puta pena (la gran confesión que le hace el profesor metepatas al joven contrincante de nuestro protagonista, no es más que una chorrada que no revela nada concreto), y un pretendido tono “adulto” que se concreta en las consabidas alusiones a fuerzas y lados oscuros (una expresión que debería estar penada con una fuerte multa y pérdida de puntos en el carnet de conducir para el autor que la empleara, a ver si paraban de darnos la llanda de una vez) y en un suave beso digno de un cursillo prematrimonial del Opus. Esperemos que la próxima entrega de la saga sea, como anuncian, la última, aunque llegue en dos partes.
PEDRO URIS |