Un escena de LA CUESTIÓN HUMANA, de Nicolas Klotz.
(2) LA CUESTIÓN HUMANA, de Nicolas Klotz
Selección de personal

Adaptación del libro del mismo título de François Emmanuel, La cuestión humana nos introduce en el mundo empresarial a través de la narración de Simon (Mathieu Amalric), el psicólogo encargado de motivar y seleccionar al personal de un sistema de producción donde prima la eficiencia, para deslizarnos poco a poco hacia paisajes del pasado reciente de Europa, a fin de mostrarnos las sombras que todavía proyecta sobre nuestro presente y la herencia actual, fruto de la peor cualidad intrínseca del ser humano. A la manera de un capitán Willard, a la caza de un general díscolo, Simon va descubriendo la raiz de su trabajo, la plantilla oculta de los métodos que utiliza sin haber reparado antes en su implicación más oscura. Psicología, filosofía del lenguaje, música inyectan temáticamente un film de escasa acción y abundante diálogo/monólogo, donde interesantes reflexiones a veces llegan a diluirse en la falta de concreción visual, narrativa, o se pierden por su vocación dubitativa de trasfondo o de primer plano. A partir de los eufemismos implantados por el Tercer Reich y que todavía hoy son norma en la expresión de la violencia de estado o las tácticas policiales, basándose, en concreto, en un documento técnico redactado por un ingeniero berlinés que describió los camiones Saurer, diseñados para gasear judíos, Emmamuel expone la evidencia de la falta de escrúpulos, de la cosificación del ser humano como empleado, como “pieza” de un tablero donde es movido a voluntad de sus amos. Los trabajadores son peones de la empresa, “unidades” que deben rendir con eficiencia, sin taras ni vicios ni costumbres mermantes de su capacidad de producción, esa es una evidencia coreografiada por Nicolas Klotz en decorados muy escogidos (oficinas con el estilo que se consideraba moderno en los cincuenta, pisos señoriales decadentes, naves abandonadas...), interpretada por excelentes actores (Michael Lonsdale, espléndido a los 77, el citado Amalric), envueltos en un vestuario que se llega a confundir con las tonalidades grises del film, trajes oscuros, petites robes noires, en una más que redundante gama fría del negro al acero. Por otra parte, la música tiene un papel importante en la película, la poco original “La muerte y la doncella”, cuyo recurso ha sido frecuente en el cine asociándolo al dramatismo de la dictadura y el dolor insuperable, así como el tecno de las raves, como actividad catártica y cohesionadora promovida por la empresa, pero con todo, el resultado de esta interesante propuesta agradecería una mayor conciencia narrativa, que aliviría su visión y potenciaría su mensaje.

EVA PEYDRÓ