Eduard Fernández, Francesc Orella y Ramón Fontseré en una escena de TRES DÍAS CON LA FAMILIA, de Mar Coll.
(3) TRES DÍAS CON LA FAMILIA, de Mar Coll
Secretos de un velatorio

Una interesante película, muy bien recibida en el pasado Festival de Málaga, muestra oficiosa del cine español producido en el último año, que nace de un proyecto llamado Opera Prima y auspiciado por la ESCAC (Escola Superior de Cinema i Audiovisuals de Catalunya), que pretende, a través de una productora asociada, Escándalo Films, ofrecer a sus alumnos la posibilidad de trabajar en un largometraje, de tal modo que el equipo de esta producción, comenzando por su joven y, a la vista de los resultados, “experta” directora, Mar Coll, está integrado por graduados de la Escuela que tienen su primera oportunidad de ejercer como jefes de equipo en un film, ya sea como responsables del montaje, el sonido, la fotografía, la banda sonora, etc.
Una encomiable iniciativa, eficaz manera de promocionar una industria cinematográfica propia, la catalana en este caso, que además fructifica en una estimable propuesta que escarba en las intimidades y secretos de una familia —modos y maneras localizados en la pequeña burguesía de Girona—, a partir de su encuentro / reunión con motivo del velatorio del patriarca de la misma. Tanto el guión como la puesta en escena atienden con exquisita minuciosidad espacios, personajes y situaciones, con una protagonista de trayectoria modélica al respecto, pues “llega” al principio del film —esa imagen de la puerta de un tren que se abre en una de las estaciones en las que tiene parada y que, en el día del preestreno, la cineasta confesaba como anterior a cualquier sinopsis o escaleta—, y ya no es la misma persona al final del relato, aunque sólo hayan pasado tres días. Tres intensas jornadas en las que acaba siendo capaz de reconocer sus propias contradicciones a través de la contemplación de las muchas miserias a cargo de los demás, consiguiendo cerrar su particular viaje, físico y moral, en una estupenda escena a solas con su madre, en unos columpios que probablemente conoció de niña y en los que se enfrenta a sus fantasmas, los del pasado y los del presente.
La película posee la dificultad, el riesgo, del escaso margen para la empatía que dejan sus grises y amargados personajes, de la dificultad de conectar con una situación tan triste como un velatorio, en definitiva corre el peligro de que el espectador se sienta ajeno a las historias de esta familia, por más que se trate de unas situaciones y unos vínculos que todos, o casi todos, hemos conocido con mayor o menor intensidad, pero de lo que no cabe duda, ni siquiera para ese espectador que salga de la sala sin haber conectado con las emociones del film, es de que nos encontramos ante un interesante y cuidado trabajo, particularmente atento a esa historia que sucede al margen de la acción, que está protagonizado por una serie de personajes con vida propia, ya sea la que les llega del guión o la puesta en escena, o la que le insuflan sus estupendos actores, desde la joven protagonista, Nausicaa Bonnin, hasta la francesa Philippine Leroy Boileau, pasando por supuesto por ese impagable trío de hermanos a cargo de Eduard Fernández, Francesc Orella y Ramón Fontseré.

PEDRO URIS