Mariví Bilbao y Cristina Plazas en una escena de A CONTRALUZ, de Eduardo Chapero-Jackson.
(3) A CONTRALUZ, de Eduardo Chapero-Jackson
Sin miedo al dolor

UGC, los amantes del cine pueden disfrutar del pase de tres cortos de Eduardo Chapero-Jackson exhibidos como un largometraje, bajo el título A contraluz. Si ya es un placer superar las dificultades comerciales inherentes a los cortometrajes, aún lo es más disfrutar de estas tres piezas de orfebrería emocional, que con diferentes propuestas en cuanto a forma y estructura, se incardinan bajo el mismo título genérico.
El primer corto del autor, Contracuerpo, protagonizado por Macarena Gómez, ya nos avanza cuál será el tono de esta trilogía más o menos accidental. Una historia sin diálogos, pero plena en metáforas visuales nos acerca al drama de la anorexia desde una perspectiva nueva y libre de juicios de valor. Chapero-Jackson exprime la angustia y el fin último de la protagonista sin añadir la habitual sobredosis de dramatismo, totalmente innecesaria, que aquí deja paso a un dolor esencial y absurdo. Por otra parte, Alumbramiento cierra el ciclo de la vida, aceptando que la muerte también es parte de ella. Con la austeridad que acompaña la tremenda profundidad moral de su propuesta, Mariví Bilbao agoniza ante las cámaras en un ejercicio de buen morir, acompañada por sus hijos en el tránsito de la separación y, de nuevo, el director nos obliga a comprender con el corazón, a acompañar a sus personajes, para compartir sus puntos de vista y dejar de ser meros espectadores de una agonía filmada con delicadeza y gran dosis de amor. Los ojos de Cristina Plazas no necesitan diálogos para expresar la más absoluta compasión, la que hace sufrir en sincronía con el otro, para aportarle, desde nuestra privilegiada posición el auxilio que más le conviene.
El último corto de la trilogía, The End, abandona el intimismo de los precedentes sólo en apariencia, ya que el drama ecológico que vive la Humanidad es reflejado en el de una familia, aunque sea contextualizado en un entorno propio de spaghetti-western e interpretado por actores ingleses. La constatación sin alardes, valoraciones morales o exploración de alternativas en los conflictos impregnados de sufrimiento dota a los cortos de Chapero-Jackson de una cualidad monolítica, indiscutible, en ellos nadie se arredra. Con suerte diferente, sus protagonistas se enfrentan a circunstancias externas o íntimas que requieren una gran valentía, sin tener en cuenta el saldo que resultará, porque demuestran que aceptar el desafío y encarar el dolor ya es suficiente.

EVA PEYDRÓ