Fernando Guillén y María Molins en una escena de A LA DERIVA.
(3) A LA DERIVA, de Ventura Pons
Lejos de África

Adaptando de nuevo una novela de Lluís-Anton Baulenas, el director catalán Ventura Pons ha realizado un film descarnado y exquisito, donde los animales heridos vagan a la deriva, aferrándose a la vida con uñas y dientes. Los personajes de A la deriva aparecen ante nuestra mirada como seres dolientes, surgidos de distintos círculos infernales que se nos permite conocer o no, porque es en la inmediatez de su presencia física y elecciones donde se reconocen y nosotros los identificamos sin paliativos ni justificaciones para sus conductas, que jamás se nos permitirá juzgar. Las propias decisiones sobre dónde trabajar, vivir, con quién, a quién querer... son siempre adecuadas, en cuanto están motivadas por una reubicación constante. La protagonista del film, Anna (Maria Molins), vuelve de un viaje a ese inframundo de horror cotidiano televisado sin pudor, una África de ONG, en una huida que acaba no siendo tal. La elección de un trabajo de guardia nocturno, alejado de su experiencia anterior, la firme solidaridad con su compañero y la dependencia de su relación con un desconocido forjan un proceso de duelo en el que todo debería estar permitido.
Ventura Pons escarba con fluidez y tremendo respeto en las entrañas de un comportamiento que nos obliga a leer sin prejuicios, a observar sin interpretaciones precipitadas, apoyándose en un ritmo de narración que nos seduce con la curiosidad de un thriller y la subyugación de un melodrama, alternando sin romperlo las imágenes de África y las de Anna en su vida social, pero sobre todo en su intimidad, donde es ella misma sin testigos, donde puede caminar en círculo o entregarse a un vacío reparador.
A la deriva es una película de potente gestualidad, en la que los movimientos expresan los estados anímicos, Anna habla poco, se mueve como un animal herido, enjaulado, sus gestos son secos y dicen lo que no quisiera revelar. Incluso el espléndido reparto de “falsos secundarios”, como diría su director, nos muestra más que nos cuenta: Eufe Pavón (Anna Azcona), una conducta compulsiva de autodestrucción; Arcadi (Fernando Guillén), el inquietante y mudo observador; Giró (Roger Coma), empeñado en ocultar su pasado... Contados personajes hacen gala de una mayor locuacidad, sobre todo Carducci (Albert Pérez), como si al asumir quienes son y por qué están ahí hubieran cerrado ese círculo convertido en pura senda de tanto pisar, como si hubieran encontrado ya la fórmula para compartir su soledad.

EVA PEYDRÓ