Primer largometraje de Max Mayer (director teatral y de series televisivas), con guión de propia cosecha, que fue apreciado en el último festival de Sundance y que es una comedia romántica de especiales características donde el humor y el drama se funden con bastante acierto sin caer en lo acaramelado ni en lo melodramático.
El film narra la historia amorosa entre dos jóvenes vecinos de Manhattan: Beth es una maestra cargada de experiencias y desengaños mientras Adam es un ingeniero informático (una profesión que exige un cierto aislamiento del mundo exterior) que padece el síndrome de Asperger, una modalidad de autismo que algunos definen como una “ceguera mental” que dificulta sus relaciones con los demás.
La película está bien documentada, realizada con elegancia y narrada con corrección. El protagonista está bien descrito como persona con problemas de carácter neurológico, carente de empatía y sin una capacidad emocional que le posibilite interpretar correctamente el sentido de las frases, gestos y actitudes corporales de sus interlocutores. En el caso de Adam, algo habitual al parecer en la práctica médica, se trata de un ser inteligente y afectuoso, capaz de dominar el lenguaje y de acumular conocimientos pero sin posibilidad de adaptarse a las normas sociales comúnmente aceptadas (cortesía, respeto, orden, etc.) por vivir en un mundo cerrado, el de su mente, dominado por obsesiones, rutinas y una espontaneidad incontrolada que choca con los hábitos establecidos por los demás. Por eso los no informados suelen acusar a estos enfermos de ser anormales, excéntricos, egoístas, reservados o groseros.
Adam es un intento honesto de mostrar una patología neurológica desde una óptica humanista pero que choca con las dificultades habituales en este tipo de películas: hay necesidad de recurrir a los “buenos sentimientos” para subrayar el carácter positivo de los protagonistas, idealizados en sus virtudes y en sus loables esfuerzos por instalarse en una convivencia normalizada. Por otra parte, son patentes los artificios utilizados a la hora de construir una dramaturgia coherente, dando al relato una continuidad narrativa y una lógica que no suelen presentar realmente los afectados por este síndrome.
Max Mayer intenta también reflexionar sobre las relaciones amorosas de los enfermos de Asperger mostrando la dificultades añadidas a cualquier
proceso de enamoramiento normal. Las barreras que separan a los amantes son mucho más severas en estos supuestos porque “el otro” será siempre un desconocido pese a la firme voluntad de comprender a ese extraño que nunca podrá ser catalogado con los criterios habituales. Beth difícilmente podrá amar a Adam si no es capaz de “entrar” en su cerebro y Adam sentirá una instintiva atracción por Beth que no alcanzará ni la complejidad ni el misterio de lo que entendemos por amor.
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