Jesse Eisenberg y Kristen Stewart en una escena de ADVENTURELAND.
(3) ADVENTURELAND, de Greg Mottola
Aprendiendo a vivir

Un relato acerca del tránsito de la adolescencia a la madurez, de la iniciación a la vida adulta —a la vida sexual y laboral—, de ese momento de las elecciones que van a decidir el futuro de cada cual, que está contado en clave norteamericana, los pasos y ambientes que viven los chicos remiten a circunstancias reales o fílmicas del imaginario USA (las claves europeas del tema, el Antoine Doinel de Truffaut, por citar un reconocido ejemplo, serían muy distintas), y situado en los últimos años ochenta, probablemente porque sean los que conoció el autor en su juventud, aunque lo cierto es que la citada época sólo ejerce de fondo anecdótico de un film que si de algo adolece es precisamente de eso, de una excesiva inclinación al costumbrismo decorativo, por más que los tipos (la pareja que atiende el parque de atracciones) y los escenarios (esas mismas instalaciones de tercera categoría) que componen dicho fondo estén meticulosamente atendidos.
Se trata, pues, de una historia clásica de la pantalla que hemos visto mil veces, bueno, no tantas, aunque sí bastantes, y que en la memoria del cinéfilo tiene una de sus cimas, en lo que al territorio norteamericano se refiere, en el film de Bogdanovich The last picture show, película con la que la presente mantiene bastantes lazos, especialmente el tono pesimista y decepcionado con que contempla esta etapa de la vida a la que, en cambio, se le adjudican todos los ímpetus e ilusiones, pero también algún revelador detalle, como el contrapunto de la edad adulta que en aquélla representaba el personaje de Sam “el león”, interpretado por Ben Johnson, y que aquí lo asume, salvando las distancias, aunque no tantas, el músico de pies de barro a cargo de Ryan Reynolds.
Un territorio incierto en el que los chicos aprenden a base de decepciones, unos, como el protagonista, porque son recién llegados con las maletas cargadas de falsas promesas, y otros como la protagonista, una convincente Kristen Stewart, muy alejada de sus veleidades con vampiros de pacotilla, porque ya han recorrido todo ese desencantado camino, en un film realizado con convicción y sentimiento que, sin llegar a aportar grandes novedades acerca del tema (la singularidad de sus protagonistas es la más importante, mucho más que los esfuerzos, materiales e intelectuales, de ambientación en una época concreta), merece ser destacado, aunque sólo fuera por no convertir a sus adolescentes protagonistas en pasto de un público sediento de palomitas y mal gusto, lo cual no parece mucho, pero en los tiempos que corren cualquier excepción casi se merece una medalla.

PEDRO URIS